COLOQUIO 3 - AÑO I, N° 3

ESPIRITUALIDAD-REGLA

LA PRAXIS MONASTICA
COMO CLAVE INTERPRETATIVA
DE LA REGLA DE SAN BENITO.
Reflexiones sobre el c.73,1

M.Casey

Aunque la Regla de San Benito (=RB) es un documento corto, está respaldada por una importancia que va más allá del mundo monástico, hasta el punto de que su autor fue nombrado patrono de Europa, a la que nunca conoció. A causa de la importancia histórica y cultural que tuvo el monacato latino para la historia de la civilización y para la comprensión de la Iglesia medieval, la Regla de Benito es estudiada no sólo como una guía para vivir correctamente e iniciarse en la vida monástica, sino también como una clave para ciertos temas relevantes en el pensamiento e historia de occidente. La Regla de san Benito tiene, como lo afirman las distintas generaciones de pontífices, un significado que trasciende el limitado mundo del claustro.

Hay motivo para alegrarse de algo: de que la filosofía de la Regla Benedictina sea más ampliamente estudiada; de que la demanda de una metodología crítica haya debilitado el cerrojo del benigno fundamentalismo de los siglos pasados; de que los monjes actuales están ante un estudio más agudo, menos dominado por las ideologías de las propias congregaciones. Pero permanecen motivos de preocupación. Al hacer a la RB objeto de nuestro estudio ¿no nos estamos acercando de un modo muy intelectual?. Nuestra concentración en los conceptos ¿no nos aleja de la tarea para la cual fue escrita y es leída la Regla?.

Si tuviésemos que concebir lo que debería ser una "hermenéutica monástica" de la Regla, me parecería que la parte principal de tal proyecto debería consistir en vivir de acuerdo con la Regla. En otras palabras, la "ortopraxis" no puede ser disociada del cometido de querer interpretar su texto. Esto no es una defensa del oscurantismo, sino el reconocimiento de que la interpretación de una regla monástica exige una hermenéutica específica que no es accesible a los observadores que no participan.

Veamos un ejemplo concreto: el rol del Opus Dei en la vida del monje. Es posible trazar los orígenes del esquema Benedictino de la liturgia de las horas, es posible formular la teología y la espiritualidad de la oración litúrgica, se puede especular acerca de los efectos de la conciencia que resulta de la participación regular en el Oficio. Y todo esto puede ser formulado en términos de un comentario a la Regla de san Benito. Pero me parece que sin la experiencia de la celebración comunitaria de la Obra de Dios, muchas de las conclusiones personales corren el riesgo de superficialidad en el nivel humano, no importa cuán rigurosas sean las bases científicas. Tal experiencia no se puede adquirir por una ocasional participación en el coro; viene como resultado de una paciente participación de años. Más todavía, la cuestión es más complicada debido al estrecho lazo que existe entre el oficio monástico y los otros elementos de la conversatio (vida) monástica. Lo que estoy insinuando es que una auténtica interpretación de los textos de la Regla que se refieren al Opus Dei provienen de alguien que ha puesto en práctica las convicciones bien específicas y los valores que subyacen detrás de la presentación de san Benito.

EL OBJETIVO PRACTICO DE LA REGLA

El propósito de san Benito al escribir la regla está claramente establecido en el último capítulo de la Regla. No es primeramente la comunicación de ideas con el objetivo de cristalizar valores compatibles. Lo que el autor persigue es establecer un tratado del comportamiento. Su propósito es el de decir a los monjes cómo obrar. La observancia de sus preceptos llevará a un grado de bondad objetiva, a una cierta honestas morum (c.73,1).

En consonancia con ello, presenta una legislación que gobierna el modo en que los monjes deben comportarse si es que deben ser dignos de los signos exteriores de la vida que profesan (1,7). La naturaleza de una Regla monástica es tal que necesariamente conlleva una medida de coerción externa. El recién llegado es puesto ante este aspecto de la vida que quiere abrazar: "He aquí la Ley bajo la cual quieres militar; si puedes observarla, ingresa; si no puedes, déjala libremente" (c.58,10). Desde el comienzo todos deben aceptar la Regla como Maestra (c.3,7); estar contentos con el status quo (c.61,2-3) y someterse a la disciplina regular y a la autoridad de los distintos administradores monásticos (c.62:3-8). Nada debe hacerse sino lo que está mandado por la ordenación regular del monasterio y el ejemplo de los mayores (c.7,55), así como a la voluntad del abad (c.49,10). Un detallado código penal está provisto para castigar y curar no sólo lo malo, sino incluso las negligencias y debilidades humanas. Una vez que se ha aceptado este modo de vida, el monje consiente en vivir bajo su coerción.

"Cuando san Benito establece su escuela del servicio del Señor (Prol 45), no está considerando un modelo Socrático o heurístico por el entrenamiento que da. Reconoce muy claramente que hay mucha alienación en los primeros estadios de la vida monástica: el nuevo monje está jugando un rol, practicando una vida que brota naturalmente de las virtudes que todavía no tiene. En cierto sentido se espera que obre como si fuera un anciano que ha pasado más allá de la pasión, turbulencia, ambición y falta de moderación que son característicos de la temprana madurez. Actúa con gravedad y habla con quietud; no es nunca impetuoso ni testarudo sino sobrio, sabio y (uno imaginaría) más bien soso. Pareciera que hay poco campo en un monasterio Benedictino para el ímpetu, entusiasmo o iniciativa. Paz, tranquilidad, moderación y orden son componentes de la propia imagen Benedictina. Misión, innovación, improvisación no.

El entrenamiento en los valores monásticos considerados por la Regla comienza con la observancia estrecha de sus obligaciones (Prol 47), un trabajo que Benito reconoce como desagradable y que el joven monje asume sólo porque tiene temor de las consecuencias de obrar de otro modo (c.7,68). Es un trabajo laborioso (c.7,68; Prol 2) sostenido únicamente por un alto grado de fe en la validez del proceso y en su capacidad para alcanzar sus objetivos.

La virtud, por eso mismo, es aprendida por repetición. La repetición de buenos actos se piensa que producirá los correspondientes hábitos y la eliminación progresiva de las tendencias opuestas. Además hay un proceso concomitante de interiorización, por el que el monje adquiere las convicciones y valores que sus actos significan, y de ese modo, al final de un largo proceso, llega a ser un hombre libre, que no obra más por temor, sino por convicción (cf. c.7,68-69).

Para la mayoría de nuestros contemporáneos esto es un sombrío programa de vida o de formación, que va en contra de nuestra sabiduría convencional. Puede ser un poco consolador el recordar que la antropología y pedagogía de Benito son mucho más optimistas de la que evidencia la Regla del Maestro (=RM); también el hecho de que Benito se muestre, de manera nada común, consciente de la dinámica del desarrollo monástico (del monje) y de que ha suplementado los cuidados del estado-policía de su legislación, con un fuerte énfasis en la motivación y en desarrollar las deseadas disposiciones subjetivas. De hecho, el Capítulo 72, parece señalar el descubrimiento, al fin de su vida, de que "la última tentación era la gran traición: realizar la correcta acción por un motivo equivocado." Todo esto es verdad, pero el hecho subsiste de que escribió una regla y que espera que sus prescripciones sean observadas. Los que obran de otro modo deben ser reprendidos, excomulgados, azotados y expulsados.

Éste no es el lugar para discutir los méritos de tal enfoque, considerado como teoría social o educacional. Lo que es de interés en el contexto presente es que la Regla debe ser vista como un documento consistente; manifiesta su significado no a los lectores sino a los que la asumen. Al principio es suficiente simplemente con entender lo que debe ser hecho. Por esta razón la Regla debe ser leída con cierta frecuencia en comunidad (c.66,8). Cualquiera puede entender las disposiciones materiales de la Regla. El apreciar por qué deben seguirse ciertos caminos de acción, eso viene con el tiempo y la sabiduría, aunque debe notarse que Benito da por supuesto de que el nivel de tal comprensión varía de persona a persona, y no es de ninguna manera automático (c.2,32). La comprensión de las convicciones y valores en juego son vistas por san Benito como una ayuda a la implantación de las regulaciones, por eso, con frecuencia, él mismo indica por qué ciertas acciones deben ser realizadas o evitadas. Más todavía, el Abad y los decanos son elegidos por su capacidad de comunicar a los otros el sentido de la vida monástica: deben estar preparados para enseñar como para dar órdenes (c.21,4; 64,9). Se supone que la aptitud para ganar almas (c.58,6) es una capacidad de convencer a otros de que las normas o comportamientos impuestos son razonables y medios aptos para llevar al objetivo deseado.

Por lo tanto, debe decirse que no todo el contenido de la enseñanza de san Benito está en el mismo texto. El texto delinea un modo de conducta en el cual la filosofía que debe ser propuesta se va haciendo manifiesta de manera progresiva. Es lo que forma la conversatio; lo que hace la Regla es establecer la situación en la cual la manera de obrar formativa se hace posible. Esto requiere del que quiere ser monje que se comprometa a sí mismo a continuar con ese estilo de vida hasta su muerte. El sentido y mensaje de la Regla debe ser encontrado en el proceso que ella inicia, y no solamente en las palabras que ella usa.

EL CONTEXTO COMUNITARIO DE LA OBSERVANCIA DE LA REGLA

Lo anteriormente dicho no debe ser tomado como una invitación al monje individual para embarcarse en una cruzada de una fidelidad incesante a los preceptos de la Regla, siguiendo su propia interpretación. De hecho, para Benito, la interpretación primaria de sus prescripciones debe ser encontrada en su observancia por una comunidad -el "establishment" de la conversatio (vida) monástica. La comprensión de la regla es el fruto de lo vivido por un estilo de vida comunitario, no el resultado de la transfusión de ciertas convicciones y valores abstractos a un entendimiento individual.

 la vitalidad de la comunidad concreta la que da al monje el coraje para someterse al proceso de hacerse monje. La credibilidad de los requisitos con que se encuentra está fundada en las vidas iluminadas de los que tiene a su alrededor. Su apreciación defectuosa de la filosofía monástica está compensada con la auctoritas y atracción de los monjes más avanzados que él: "Esto parece no tener sentido, pero si es capaz de producir a alguien de la calidad del Hermano X, entonces estoy en la huella correcta".

La Regla anticipa su contextualización en una comunidad observante. Por esta razón lo que comunica más allá de lo puramente práctico -sus ocasionales incursiones en filosofía monástica- está escrito en una suerte de nota taquigráfica. Brevemente, los basamentos fundamentales están dados de modo tal que tienen sentido si alguien sabe acerca de las materias a las que se refieren. Para el novicio, las posibilidades de mala interpretación son muchas. En la Regla hay un contenido no expresado, que está enraizado en la conversatio monástica. Tratar e interpretar la Regla sin referencia a la tradición de vida que emana de ella es extremadamente precario.

El capítulo 73 revela otro aspecto de la cuestión. El autor de la Regla es consciente del contenido mínimo de lo que ha escrito, de cuán duro, metódico y seco es mucho de lo que contiene. Es consciente de que la vida que está describiendo es mucho más lírica que lo que su expresión literaria significa, y por eso señala a la entera tradición precedente como a algo que pone carne en los huesos desnudos de su propio trabajo. Benito escribió una regla que se refiere al funcionamiento de un monasterio y a las medidas que se toman para prevenir los vicios y la ruptura de la caridad (Prol 47), pero no es suficiente con observar simplemente la Regla. La medida de la plena rectitud es mayor que eso. El hacer las cosas correctas con una brumosa apreciación de por qué son hechas y por qué son buenas es sólo un initium conversationis (inicio de vida monástica). Los verdaderos monjes deben buscar más, en las Escrituras, en los Padres, en todo el conjunto de los escritos monásticos, de los cuales la Regla de Benito dice ser no más que un pobre sumario. Es en esta lectura más amplia que el monje fortalece su resolución de trabajar contra la peste de la vida monástica, la desidia (Prol 2; 73,7): desinterés, relajación, flojera, laisser-faire, pereza, indiferencia, no hacer nada. Benito prevé que es entregándose a sí mismo a una profunda asimilación de esta tradición que el monje garantiza que cierto grado de entusiasmo o fervor pueda ser generado dentro de él. El proceso comienza con la observancia de la Regla y sus mandatos, pero más allá de esta dura observancia hay todo un mundo de libertad espiritual accesible sólo a aquellos que asumen genuinamente las convicciones y valores sobre los que la vida monástica está basada.

La Regla es, en consonancia, un conglomerado no sólo de la tradición viva de la vida monástica, sino también de su expresión escrita concomitante. Debe ser interpretada dentro de este más amplio contexto. La Regla no es un fin en sí misma y Benito no la ve como tal, así como puede verse en una comparación con lo establecido en RB 66,8, acerca de la lectura pública de la Regla y con la concentración exclusiva que evidencia la RM 24. Benito no ve su propio trabajo como teniendo el monopolio en la fidelidad de los monjes: al contrario, si fuesen verdaderamente monjes irían más allá de sus palabras, a sus fuentes. La historia ha mostrado con frecuencia que en esos casos especiales en los que la filosofía monástica degenera en una ideología, y la Regla es absolutizada en una determinada interpretación particular, el círculo de acero es roto con el recurso a las fuentes -el recuerdo de la Iglesia Apostólica, el ejemplo de los Padres del Desierto, las mismas enseñanzas de las Escrituras.

El despojado texto de la Regla es suplementado con la experiencia de aquellos que fueron formados por ella, que han aceptado su disciplina y alcanzado la meta que persigue. Ellos conocen las realidades acerca de las cuales habla la Regla y por eso están en una posición que puede favorecer una interpretación del texto a la luz de las condiciones existentes. Esta comunidad formadora es guiada ella misma por la tradición mas amplia en la cual Benito escribió y la que permanece accesible hasta el día de hoy.

EL TEXTO ENTERO

Una mala interpretación puede resultar de concentrarse muy estrechamente en una parte del texto sin prestar mucha atención a ciertas otras partes o a la Regla en su conjunto. El error básico de muchas malas interpretaciones es que son in-vivibles -al menos en el contexto que Benito considera; no producen el fruto que buscaban. La Regla es un documento práctico, pensado para dar una guía en la vida concreta del ideal evangélico en un medio monástico. El test de una buena interpretación es su compatibilidad con este propósito no sólo para el momento, sino en el largo plazo. La Regla entera comprende no sólo el texto sino las intenciones de su autor.

Puede suceder que estudiantes críticos de la Regla estén inclinados a burlarse por las fáciles generalizaciones hechas con frecuencia acerca del carácter del autor de la Regla: que es agradable, gentil y moderado. Pero la comparación del texto de la RB con la RM me convenció de que Benito es más razonable, compasivo, realista y optimista

en su filosofía que aquel otro hombre cuyo trabajo tomó prestado. No me parece que sea necesariamente mal método el esperar que estas cualidades vayan a penetrar la comprensión que Benito tiene de la vida monástica como un conjunto -incluso en aquellas materias que no encuentran expresión literaria. La paliza a los niños y adultos contumaces era ampliamente practicada en el siglo veinte, pero posteriormente hubo un cambio en la teoría. No creo que pueda sostenerse que Benito hubiera defendido empecinadamente esta práctica, incluso después de dar por descontado sus efectos saludables. Tal vez necesitamos mucho más trabajo para hacer lo que algunos de los viejos comentadores realizaron con tanta facilidad: comenzar nuestro estudio de la Regla con un esfuerzo de base crítica que nos haga comprender la personalidad y las prioridades de su autor.

En particular es necesario reafirmar que san Benito no era un fanático o idealista; la imagen que lo acompaña es la de un pastor. Es muy consciente de que su esbozo de los detalles de la vida monástica es aproximativo. Algún otro, tal vez, lo podría hacer mejor (c.18,22). Es consciente de que no todas sus recomendaciones va a ser consentidas por los monjes con sumisión -el famoso ejemplo es el caso del vino (c.40,6). A pesar de que los capítulos que tratan la disposición de la Obra de Dios ganó adherentes más allá de los monasterios, sus cuidadosas indicaciones en materia de excomunión parecen no haberse seguido nunca con la misma escrupulosidad. Sus reservas acerca del establecimiento de un Prior y sus preferencias por los decanos no fueron persuasivas a través de los siglos. Una interesante disonancia aparece en el caso de las scurrilitates (bromas, chanzas). En el capítulo del silencio las condena con un extremismo poco frecuente: aeterna clausura in omnibus locis damnamus (las condenamos a eterna clausura) (c.6,8), sin embargo, en el capítulo de la Cuaresma presenta como sugerencia que una parte del programa de purificación de los vicios por parte del monje debe ser reducir el nivel de scurrilitas (c.49,7). Los monjes no deben tener propiedad privada (33,1-8; 54,1-5; 58,24-25) y el abad debe revisar las camas para asegurarse de ello (c.55,16), sin embargo no hay desapropiación. Una hermosa teología de la distribución basada en las necesidades es enunciada (c.34,1-7), y el mayordomo es instruido para ser sensible y generoso en sus relaciones con los hermanos (c.31,6; 13-14); y como medios para evitar la apropiación privada, el abad es instruido para dar a los hermanos todo lo que necesitan (33,5; 55,18-22) y es alertado para preocuparse por lo espiritual y su futuro juicio más que en el aprovechamiento material (2,33-36; 55,22).

Los ejemplos pueden multiplicarse. El cuadro que emerge es la de un hombre escribiendo una regla que no es otra cosa sino una expresión práctica del Evangelio. Si, a causa de las condiciones reinantes, el seguir la Regla impide su propósito fundamental, entonces tal fidelidad literal es locura. Tampoco es necesario insistir en que la única expresión auténtica del carisma Benedictino deba ser encontrado en el gran conjunto de los preceptos de la Regla. La realidad es mucho más sutil que eso. El espíritu es más dinámico que la letra.

UNA RESERVA NECESARIA

Uno de los problemas que puede verse en la literatura acerca de la Regla es que frecuentemente las propuestas pastorales de la Regla son seguidas más estrechamente por los tratados no técnicos que por el trabajo crítico. Los estudiosos enseguida rechazan esto, afirmando la utilidad práctica de los estudios eruditos, siempre que los lectores estén preparados para trabajar un poco. Esto probablemente sea verdad, pero frecuentemente un ensayo lleno de generalizaciones fáciles, aplicaciones actuales y connotaciones piadosas, atrae más la atención que una monografía bien fundada y presentada científicamente. Al menos esto es verdad para monjes y monjas. No estoy minimizando la importancia de cada género: simplemente estoy sugiriendo que es necesario una cierta fusión de horizontes si es que deben ser evitadas las banalidades de un fundamentalismo fuera del tiempo y para que la esterilidad de un tratamiento que no apunta a la vida pueda ser minimizado. Los estudios científicos deben estar más agudamente conscientes de que la interpretación de una regla monástica, antes que nada, es una cuestión de praxis.

Al mismo tiempo es necesario que no se disminuya el desafío que ofrece la Regla, precisamente porque se coloca en un punto de vista diferente. No queremos interpretar la Regla de un modo tal que se conforme substancialmente con nuestras preocupaciones burguesas del siglo veinte. Deseamos que conserve su sabor antiguo, que desafíe nuestras rápidas conclusiones acerca de la naturaleza de la respuesta cristiana y monástica con las convicciones de una edad pasada, que avergüenza nuestra mediocridad con la claridad de sus propia visión (c.73,7). Necesitamos pensar más profundamente acerca de algunos elementos de la Regla que muy fácilmente tomamos como ya entendidos. Un ejemplo es la paciencia. Es indiscutible que Benito hace de ella la normativa de la experiencia monástica (Prol 50,7; 35-43; 72,5), tal vez deliberadamente, modificando la concepción más activa de Casiano, acerca del fin inmediato de la vida monástica, con algo más pasivo (¡y menos semipelagiano!). ¿Cuántas cosas tiene para enseñarnos la centralidad de la paciencia a una generación que vive el despertar del mito del progreso del siglo XIX, y a una era que aprecia ante todo los logros y realizaciones?. Debemos tomar la Regla seriamente, incluso cuando sus énfasis parecen diferir de los nuestros y especialmente cuando ofrece un contra-balance a valores impensadamente asimilados y ciegamente creídos.

Vivir la Regla no significa seguir una ideología monástica particular con la complacencia que permite pensar que nadie más tiene acceso al sentido de la Regla. Interpretar la Regla no significa aislarse uno mismo de la complejidad y ambigüedad de las situaciones concretas. Vivir la Regla significa que uno es un activo e incluso ferviente buscador del sentido de la Regla, usando todos los medios para enriquecer la propia comprensión. Por eso, en la prueba y en las dificultades de las situaciones reales y en la continua expansión de la propia valoración de la tradición monástica, la capacidad para interpretar la Regla crece. La Regla misma se transforma en un agente, para aquellos que la observan, que los introduce en una vida de rectitud y en los comienzos de la vida monástica.