COLOQUIO 3 - AÑO I, N° 3

LITURGIA

PENTECOSTES
La venida del Espíritu Santo (Hech. 2,1-13)
Homilía del Padre Abad

Con la Solemnidad de Pentecostés concluye la celebración de la Pascua, prolongada durante estos cincuenta días. Reconocemos una profunda unidad en la cual recorremos la historia de nuestra salvación; desde el principio, en la Cuaresma, en la cual nos preparamos para la venida del Señor, y donde, de algún modo, rehacemos el itinerario del pueblo de Israel que sale de Egipto y se dirige a la tierra prometida. La tierra prometida, esa meta esperada y deseada, es el mismo Hijo de Dios, el Verbo Encarnado, el cual se ofrece por nosotros, nos reconcilia con el Padre, nos restaura en la condición de hijos, y finalmente vuelve al Padre en la Ascensión. Pero antes nos ha prometido que enviaría al Espíritu Consolador, al Paráclito, para que nos enseñe todo, lo llene todo y nos conduzca en este trecho de camino que nos falta, que es el tiempo de la Iglesia, y nos lleve hasta la unión definitiva con Dios.

El Espíritu Santo

Y justamente en la Solemnidad de Pentecostés la Iglesia celebra la venida del Espíritu. El Espíritu que -nos dice el mismo Jesús- nos enseñará todo; el Espíritu que debe concluir la obra de Jesús, en el sentido que queda él como maestro y consolador, para llevarnos hasta el Padre. Por eso nuestra oración al Espíritu Santo es para que él venga, llene los corazones de los fieles y se haga presente en medio de nosotros. Y también para que nosotros sepamos escuchar su voz, recibir lo que él nos trae, recibirlo a él mismo; en una palabra, que seamos llenos de ese Espíritu para con él alcanzar el cumplimiento de las promesas.

El Espíritu completa la misión de Cristo. La misión de Cristo, sin duda, es en sí misma completa; ha concluido con la reconciliación de los hombres con el Padre, y con su vuelta al Padre en la Ascensión. Pero aquí quedamos nosotros, el Pueblo de Dios, los que hemos sido redimidos por su Sangre y que no somos abandonados por Dios, que somos el objeto del especial amor de Dios, y por eso contamos con la ayuda y con la asistencia del Espíritu. Cristo nos ama, y nos ama porque el Padre nos amó primero; Cristo nos dejó su amor, y ese amor es el Espíritu Santo, y el mismo amor con el cual Cristo se entregó por nosotros, es el amor que nos debe sostener y motivar nuestra fidelidad y la perseverancia de nuestra entrega en la búsqueda de Dios. En el Hijo se hace presente la Iglesia; Cristo nos ha congregado en la Iglesia, nos ha redimido, y no nos ha dejado librados a nosotros mismos, dispersos y errantes, sino que nos ha reunido en ese Cuerpo del cual El es la cabeza. Cristo es la cabeza, pero el alma es el Espíritu, y por eso nuestra comunión en la Iglesia, la santidad de la Iglesia, nuestra propia vinculación con la Iglesia, está dada por y en la fidelidad al Espíritu Santo.

El Espíritu Santo en la Iglesia

El Espíritu Santo en la Iglesia es quien obra la santidad, hace presente la Palabra que salva, la Palabra proclamada, la Palabra que nos enseña y nos bendice. Es él quien en los sacramentos actúa para que dé esos frutos de santidad, dotados de eficacia para la conversión y la transformación de nuestra vida. Es él quien se da, se hace presente y vive en la vida de la gracia, esa gracia santificante por la cual somos imagen de Dios. Somos de verdad hechura de Dios, no sólo porque El nos creó, sino porque nos mantenemos en su semejanza y en la comunión con él.

Hemos escuchado en la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, como descendió el Espíritu Santo sobre los discípulos reunidos con María, la madre de Jesús. Ese relato nos ofrece en la gran riqueza de sus símbolos, todo lo que nosotros en el sacramento de la Iglesia seguimos celebrando y viviendo. Es la realidad de nuestra experiencia, -no solamente la experiencia de los discípulos, que estuvieron físicamente allí - es la experiencia nuestra, que lo vivimos místicamente. Se trata de la comunidad: los discípulos reunidos son la comunidad del Resucitado, la comunidad que Jesús había congregado, y a la cual hemos sido incorporados también nosotros. Por eso es nuestra comunidad, nuestra Iglesia; y se encuentra reunida en torno de los discípulos que el mismo Jesús instituyó, para que fueran portadores de la Buena Noticia, del Evangelio, hasta los confines de la tierra. Ellos están reunidos en oración, con la Madre de Jesús, la Virgen Santísima, que es nuestra madre. La Virgen anticipa nuestro camino, ha sido privilegiada para llegar antes a ese destino de salvación que a todos nosotros nos espera.

Recibir el Espíritu Santo

La comunidad se encuentra reunida en oración, con todo lo que ello significa. Sin duda, se ve desconcertada, ya que ha perdido, después de la Ascensión, a su Pastor y Maestro. El Señor Resucitado, que había vuelto de la muerte y se les había aparecido, había conversado con ellos y los había enseñado, se ha despedido hasta su regreso glorioso y triunfante, su segundo advenimiento. ¿Cómo no iban a estar desconcertados? ¿qué significaba esa ausencia del Señor? ¿cuál debía ser su actitud, el camino que tenían que seguir? Pero en ese desconcierto, renovados ya por la gracia, confortados por la Resurrección, se encontraban en una actitud de espera y de disponibilidad. Podían no saber cuáles eran los pasos inmediatos que debían dar, pero ciertamente confiaban en que Dios no los abandonaría; que el Espíritu que los animaba se haría presente para conducirlos. Tal actitud de oración de la comunidad reunida refleja su disponibilidad. Es una actitud de entrega generosa, de atención a Dios. Y es únicamente en esa actitud, en la comunión del Cuerpo de Cristo y en la disponibilidad del corazón, que vamos a recibir el Espíritu Santo. El Espíritu Santo no va a descender sobre nosotros si no estamos preparados y atentos, para que esa presencia sea realmente eficaz, transforme nuestras vida y nos conduzca al Padre.

Los signos del Espíritu derramado: las llamas de fuego

Continúa el relato de los Hechos de los Apóstoles, hablándonos de los signos que rodean la efusión del Espíritu. El fuego, en primer lugar, en forma de lenguas, a manera de llamas, que se presentan como una expresión sensible del misterio que entonces tiene lugar. ¿Qué es el fuego? El fuego abrasa, purifica, el fuego cura y transforma. El símbolo de las llamas de fuego indica que las almas de los discípulos y las almas de todos nosotros, discípulos de Jesús, han sido cambiadas, renovadas. Hemos recibido una nueva orientación y un nuevo destino; hemos sido consagrados y entregados a Dios.

La venida del Espíritu significa que el cristiano ya no vive para sí, ya no vive con una vida corta, propia, terrenal, sino que vive con la vida del Espíritu; y ese Espíritu es Santo; de ahí entonces que la vida del cristiano sea, o deba ser, una vida toda ella espiritual. No espiritual con ese vago espíritu de la New Age, ni con ese concepto, tantas veces mal entendido, de una cosa indefinida, imprecisa. Como si fuera el Espíritu aquello que no tiene forma ni contorno. Para el cristiano, el espíritu es la presencia del Espíritu Santo; la espiritualidad es la vida en la fidelidad al Espíritu, en la disciplina, es decir, recibiendo y aprendiendo del Espíritu, y eso no es por una comunicación gnóstica o por una transmisión mágica de pensamiento, sino por la comunión de la gracia. Recibimos el Espíritu Santo en la medida que estamos en comunión con Dios, en la medida que nuestra vida es un reflejo fiel de la voluntad de Dios, del designio de Dios, de la ley de Dios. El fuego purifica y prepara para que todo aquello que hay en nosotros, y tantas veces en nuestra vida es expresión de egoísmo, expresión de lo que nos separa de Dios, se convierta y se vuelva presencia de Dios, y entonces nuestra vida se encuentre, por el Espíritu, totalmente consagrada al Señor.

Los signos del espíritu derramado: la multiplicidad de lenguas

Después de este encuentro misterioso que se da en la habitación donde estaban reunidos los discípulos con María, la Madre de Jesús, se produce el milagro de la multiplicación de las lenguas. Los discípulos hablaban solamente su propia lengua, como personas sencillas que eran, tal vez bastante ignorantes. Sin embargo, lo que decían llegaba a los oyentes, a cada uno en su propia lengua. Pues la palabra que viene de Dios supera la capacidad del hombre que la transmite, y entonces alcanza a todos, a cada uno en su propia condición. Esto significa, en primer lugar, el poder de la Palabra de Dios, que trasciende al órgano que la pronuncia y al hombre que es su instrumento, y que va mucho más allá porque alcanza al corazón del oyente. Esa palabra, que llega transformada, transforma; esa palabra que viene tan cargada de contenido y de sentido cambia la vida del que la recibe, si tiene un corazón dispuesto y se compromete a recibirla, a acatarla, a tomarla como ella es, para hacerla suya, y para vivir conforme a ella.

Es una palabra universal, que alcanza a todas las naciones, a todas las culturas, a todos los hombres, y que nos muestra la expansión del Evangelio, que llega a todas partes. El Evangelio viene de Dios, es el anuncio que Dios nos hace de la Salvación, y ha llegado a nosotros para apoderarse de nuestro corazón, ha tomado posesión y se ha asentado en nuestra vida.

Esta universalidad del Evangelio, finalmente se vuelve a concentrar en la unidad de la Iglesia. El día de Pentecostés, los discípulos estaban reunidos en una sala; el día de Pentecostés, es decir hoy, la Iglesia dispersa por todo el mundo, recibe la misma efusión del Espíritu. Llega sobre nosotros en lenguas de fuego; y en el milagro de la transformación de la lengua que hablamos en un mensaje que llega a todos los hombres, también recibimos el Espíritu Santo. El camino iniciado en Pentecostés se renueva en cada celebración de la Liturgia, cada vez que el misterio de la Iglesia se actualiza en la gracia, los sacramentos, y especialmente en este día. Por eso esta celebración de Pentecostés es una celebración tan grande, que debe comprometer nuestra fe, es la celebración de la Iglesia que nos reúne, de la Iglesia de la cual somos hijos y cuyo misterio podemos contemplar de manera especial en este día.