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| COLOQUIO 4 - AÑO I, N° 4 | LITURGIA |
EL ADVIENTO Y LA "LECTIO DIVINA"
P.Fernando Rivas
La profunda relación que guarda el tiempo del Adviento con la lectora de las Sagradas Escritoras se fundamenta en el hecho de la Encarnación, misterio de la Palabra que se hace carne. Y en una pintora medieval ha quedado magistralmente representada la unidad de estos dos hechos. Se trata de una Anunciación con la particularidad de que, al momento de recibir el anuncio del ángel, la Virgen se encuentra recogida, leyendo las Escritoras, señalando con el dedo donde el profeta Isaías dice: La Virgen concebirá y dará a luz un hijo... (Is 7,6). Esta obra singular trasmite, con imágenes, el verdadero sentido teológico de la "lectio divina", que une en una sola realidad la lectora de la profecía, la concreción de lo que ella encierra, y el misterio de la Encarnación de la Palabra. Esta es la forma en que los Padres de la Iglesia entendieron y practicaron la lectura de la Sagrada Escritora y a lo que nos invita la Iglesia en cada Adviento. Su práctica implica mucho más que un ejercicio ascético o devocional, pues apunta a la realización del misterio de la encarnación de la Palabra en cada lector, completando de este modo el misterio de Cristo y su consumación en cada uno de nosotros.
I. LA SAGRADA ESCRITURA COMO "HISTORIA DE LA SALVACIÓN".
Pero para poder comprender esta perspectiva
teológica de la "lectio divina" es necesario penetrar en sus
fundamentos, tal como lo entendieron los Padres. Y lo primero, como bien puso de
manifiesto Benedetto Calati (1), es la consideración de la Sagrada Escritora
como "historia de la salvación". Esa historia se inicia en el Antiguo
Testamento, se cumple en el Nuevo y continúa en la Iglesia donde cada fiel
alcanza su perfección diciendo el Amén y cerrando en sí el ciclo de la
Historia Sagrada o de la Profecía del Misterio (2). Es lo que san Pablo no teme
afirmar en su carta a los Colosenses:
Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo
(antanapleró) en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo, en favor de su
Cuerpo, que es la Iglesia... a quienes Dios guiso dar a conocer cuál es la
riqueza de la gloria de este misterio (mystérion) entre los gentiles, que es
Cristo en vosotros, la esperanza de la gloria. (Col I , 24-27).
Bajo el aspecto histórico y objetivo, la
Sagrada Escritura misma se completa y perfecciona en la medida en que cada
elegido crece en la caridad. Y por ello no sólo el cristiano necesita de la
"lectora de la divina Escritora" para santificarse, sino que la misma
Escritora necesita ser leída para cumplirse y realizarse en cada uno de ellos
(3).
"Los varios sentidos que guiaban al monje en la lectora de la Biblia, el
sentido histórico, alegórico y moral, suponen la unidad de la Biblia con la
historia personal de cada uno... El sentido literal, ponía como el fundamento,
instruyendo por la narración histórica de los hechos; el sentido alegórico,
revelaba la profecía en orden al Nuevo Testamento; y finalmente el sentido
moral, tejía la historia de los elegidos, nuevo Israel, cumplimiento de Cristo
en el tiempo, hasta su retorno glorioso- (4). Esta actualidad y continuidad de
la Palabra de Dios como historia salvífica tiene un lugar privilegiado donde se
realiza: la liturgia, pero continúa en la lectura personal y asidua de la
Palabra de Dios.
Sin embargo sería caer en un gran error comprender la "lectio divina"
como orientada a la santidad del fiel, individualmente considerado. Tal como señala
el texto paulino arriba citado, la historia de la salvación y el designio histórico
en el cual nos insertamos por la lectura de las Escritoras, es eminentemente
eclesial. El "completarse" y llegar a plenitud de la historia de la
salvación es siempre "en favor del Cuerpo de Cristo, que es la
Iglesia". Es el verdadero sentido de la Encarnación.
2. LA SAGRADA ESCRITURA "CRECE CON EL QUE LA LEE" (5)
Esta expresión de S.Gregorio Magno, tan audaz
para nuestros oídos del siglo XX, contiene la clave de sus enseñanzas acerca
de la lectora de las Escrituras. Es un hecho que la Palabra de Dios crece con su
lector. Y esto en un doble sentido: el primero en cuanto que la Palabra de las
Sagradas Escritoras, en la medida en que no se realiza en el que la lee, queda
como no dicha; el segundo sentido apunta al crecimiento en una comprensión cada
vez más profunda por la que el lector encuentra en las Escritoras "como un
espejo del alma", que refleja los pasos de su crecimiento y lo acompaña a
lo largo del itinerario de su vida, revelándole a cada paso un sentido nuevo.
Bajo esta perspectiva histórico-salvífica no se produce la raptora entre vida
y Sagradas Escritoras, tan común en el cristiano que no encuentra tiempo para
leerlas o cuando las lee no percibe la relación que guardan con su vida. A1
contrario, es en la vida cotidiana donde la Palabra de Dios alcanza su realización,
pudiéndose entonces "leer" en ella la Palabra de Dios, es decir, su
voluntad y sus designios; por otra parte en la lectura de los diversos pasajes
de la Escritura se descubre una experiencia ya vivida por el mismo lector, como
si fuese la propia.
Una pasaje de Juan Casiano (6) referido a los salmos, contiene de un modo
insuperable la presentación de este fenómeno de las Escrituras creciendo con
el que las lee, y el modo en que ello sucede gradualmente:
... el que ha llegado a ese estado, continúa progresando, y no sólo posee la
simplicidad de la inocencia, sino que ...vivificado por ese alimento de los
cuales no cesa de alimentarse, se compenetra a tal punto de todos los
sentimientos expresados en los salmos que pasa a recitarlos no más como
compuestos por el profeta, sino como si él mismo fúese el autor, como una
oración personal, en los sentimientos más profúndos de compunción; es más,
considera que han sido escritos para él y descubre que aquello que encierran no
se ha realizado simplemente en la antigüedad, en la persona del profeta, sino
que encuentra en .sí mismo, cada día, su cumplimiento. Es que las Escrituras
se descubren para nosotros más claramente, y su corazón y meollo nos son
manifestados cuando nuestra experiencia no sólo nos permite entender, sino
incluso anticipar h que se dice, y el sentido de las palabras no nos es
descubierto por algún tipo de explicación, sino por !a experiencia que hemos
hecho de ello. Penetrados por los mismo sentimientos con que el salmo ha sido
cantado y compuesto, nosotros nos transformamos, por así decir, en sus autores,
y anticipamos el pensamiento más que seguirlo; captamos el sentido antes de
conocer el texto. El texto sacro nos trae lis recuerdos de nuestras luchas,
combates cotidianos, de nuestras caídas o de nuestros triunfos, de los
beneficios de la Providencia o del alejamiento de Dios... encontramos todos esos
sentimientos expresados en los salmos; y, como vemos con claridad, como en un
espejo, todo lo que allí se dice, tenemos una inteligencia más profunda del
texto. Instruidos por lo que sentimos interiormente, las cosas que dicen no son
para nosotros novedades que debemos retener de memoria, sino cosas que salen
desde lo profundo de nuestro corazón y de nuestro ser. (Col 10,12)
Pero está armonía entre el crecimiento del lector y la Sagrada Escritura sólo se da por la acción del espíritu Santo, Espíritu que anima la Palabra de Dios. Solamente por su acción e inspiración es que la "historia de la salvación" contenida en las Sagradas Escrituras puede continuar en la vida del fiel, y entonces "el obrar del cristiano es historia de la salvación en acto, en perfecta unidad con el obrar del Profeta". Y por eso también la vida del cristiano pasa a reflejar la vida de los grandes personajes de la Escritura, comenzando por Abraham, Moisés, Josué, David y los profetas, como el mismo Gregorio hace con su vida de san Benito, "lleno del espíritu de todos los justos". El santo es quien realiza y continúa de modo eminente esa Palabra que modeló a los santos del Antiguo y Nuevo Testamento.
3. LA "RUMIA" DE LA ESCRITURA Y EL PAN EUCARÍSTICO.
Los Padres de la Iglesia utilizaron la imagen
de la "rumia" para expresar el rico proceso que significa la lectura
de las Sagradas Escrituras. Y ello porque veían en la "lectio divina"
el "alimento" por excelencia del cristiano.
Y la lectura de la Escritura está íntimamente ligada al sacramento de la
Eucaristía. Por la Eucaristía el cristiano se alimenta con el Cuerpo y la
Sangre de Cristo, con la lectura de las Escrituras, realiza esa alimentación en
forma continua.
San Bernardo de Claraval relaciona, de manera llamativa, los textos que hablan
del "alimento" divino con la Palabra de Dios, entendida como su
voluntad y su designios, y no con la Eucaristía. Eso mismo hacía el Señor al
decir: Mi alimento es hacer la voluntad del Padre (Jn 4,34). Y es por eso que
toda la vida espiritual, la lucha contra la voluntad propia, y la unión mística
en particular, pueden ser expresados en términos de "alimentación".
Cada vez que el discípulo de Cristo realiza la voluntad del Padre se está
alimentando de su Palabra.
Pero esto no significa un desconocimiento de la importancia de la Eucaristía,
sino muy al contrario, que la Eucaristía como sacramento encuentra su
prolongación en la lectura de la S. Escritura; en la rumia de la Palabra de
Dios y en el cumplimiento de su voluntad, como María, que conservaba todas
estas cosas, meditándolas en su corazón (Lc 2,19) y también cuando dice: he
aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38).
Por eso, detrás de la lectura de la Palabra de Dios está toda la obra de
santificación que produce la Eucaristía, por la que el cristiano busca
apropiarse con su mismo esfuerzo toda la gracia contenida en el Sacramento. Los
Padres no absolutizan los sacramentos. Saben que están ordenados a la realidad
de la vida en Cristo por la caridad, y eso no es desvalorizarla. La forma en que
ellos prolongan la "manducación" eucarística es por la rumia de la
Palabra de Dios y el cumplimiento de la voluntad del Padre, y no por una devoción
afectiva al S.Sacramento (7).
De este modo la prolongación de la Eucaristía en la "lectio divina" ponen de manifiesto la unidad de toda la vida espiritual y el verdadero modo en que actúan los sacramentos en los fieles. La Palabra se encarna, gracias a la obediencia, en las mismas obras.
4. "DESCONOCER LA ESCRITURA ES DESCONOCER A CRISTO".
Esta expresión de San Jerónimo (8) puede
parecer en un primer momento algo obvio. Son los Evangelios y el Nuevo
Testamento entero quienes contienen el anuncio de Cristo y su mensaje. Sin
embargo nos puede resultar más sorprendente si pensamos que los Padres no se
referían primeramente al Nuevo Testamento, sino al Antiguo, de donde les vemos
sacar todo tipo de consideraciones acerca de Cristo, llegando incluso a
integrarlas en el dogma acerca de su persona.
Sin embargo no son esos los contenidos que más les interesaban, normalmente
finto de las polémicas con los pensadores heterodoxos de su tiempo, sino
aquellos que reflejaban los más íntimos sentimientos y movimientos del alma de
Jesús, y en particular el salterio y todos aquellos textos proféticos (p.ej.
el profeta Isaías, en cuyo comentario Jerónimo pone la afirmación citada
arriba) que anunciaban su pasión. Y por ello mismo la "lectio divina"
se dirige no tanto a adquirir un conocimiento intelectual y abstracto de Cristo,
sino como les decía el apóstol Pablo a los Filipenses:
Tened los mismos sentimientos que Cristo Jesús: el cual siendo de condición
divina, no se aferró a su categoría de Dios... (Fil 2, 5)
Eso es conocer a Cristo, ese es el objeto de la verdadera lectura de las
Escrituras inspirada por el Espíritu Santo: conocer y padecer las cosas de
Dios. Por eso, la Palabra que se va encarnando va modelando a cada fiel a imagen
de Cristo, "manso y humilde de corazón" (Mt I1,29).
Pero, prolongando el pensamiento de Jerónimo podemos decir, en forma
equivalente, que desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo y
desconocernos a nosotros mismos. Esa historia de la salvación contenida en las
Escrituras, y que se prolonga en nuestras vidas, es nuestra propia historia, el
verdadero itinerario de nuestro camino de retorno al Padre.
San Agustín veía en la memoria del hombre la tercer facultad que lo constitutía
como tal, junto con su inteligencia y voluntad. Pera esa memoria no es lo que
hoy entendemos de modo tan limitado, sino que es el lugar de la presencia de
Dios en nosotros, presencia que se da por la memoria, que hace viva su acción
por el memorial litúrgico, que nuevamente encuentra su prolongación y
realización perfecta en la lectura de las Escrituras que hace cada cristiano.
El ejemplo por excelencia es la liturgia de la Palabra de la Vigilia Pascual, en
la que se recorre todo el itinerario desde la creación del hombre hasta el día
de hoy, encarnando, de modo mistagógico, el memorial histórico-salvífico en
cada uno de los participantes.
5. "CUANDO UN PROFUNDO SILENCIO CUBRÍA LA TIERRA ...TU PALABRA PODEROSA, COMO POTENTE GUERRERO..." (Sab. 18,14-15)
La tradición espiritual que recoge en canto
gregoriano, ve en este pasaje del libro de la Sabiduría, el marco de fondo
sobre el que se realiza el misterio de la Encarnación de la Palabra, el día de
Navidad.
Ese silencio, sin embargo, contiene una significación teológica que supera la
simple consideración devota. El silencio está al origen de la Palabra y sobre
él es que se destaca. La íntima relación que guardan el silencio con la
Palabra hacían que S. Ignacio de Antioquía llamase "Silencio" al
Padre, de quien procede la Palabra (9). Después de un largo silencio que siguió
a la creación, el Padre habló al hombre. Y por eso mismo sólo en el silencio
puede volver a resonar en el hombre toda la riqueza de la Palabra. Y ese
silencio es mucho más que el simple silencio exterior. Es el callar de todo
aquello que se revela contra la voluntad de Dios. Y por eso san Agustín (10)
consideraba que la bienaventuranza de tos mansos (Mt 5,4) se refiere a aquellos
que se dejan juzgar por la Palabra de Dios, contenida en la Escritura, sin
ahogarla ni callarla, escapando de ella como Jonás. Si bien estos Padres conocían
la dificultad que reviste la lectura de las Sagradas Escrituras, sin embargo sabían
que el obstáculo más grande es el saber que esa Palabra nos juzgará e
interpelará en nuestras vidas.
6. CONCLUSION.
El Adviento es el tiempo por excelencia de la Palabra de Dios. Su Encarnación, celebrada en la liturgia se extiende en la vida personal, continuando en cada cristiano aquello que falta al misterio del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Es por eso que a lo largo de todo este tiempo litúrgico la Palabra de Dios resuena de un modo especial, como Palabra escrita e historia de salvación, esperando ser acogida en el silencio, que es docilidad a la voz del Espíritu Santo.
Notas
(1) CALATI B., Spiritualitá monastica, en Vita Monastica 13 (1959) 3-48.
(2) Art.cit. 3
(3) Cf. id 3-4.
(4) Id 4.
(5) GREGORIO MAGNO, Homilía sobre el profeta Ezeguiel, lib. 1.(Cf EpLIV,31; Mor
LXX,I).
(6) Casiano, 200 años antes que Gregorio había dicho: El rostro de las
Escrituras crece con el que progresa, en su Colación14,11).
(7) Estas reflexiones las tomamos de DESEILLE P., Théologie de la pie
Monastique selon Saint Bernard, en Théologie de la Vie Monastique, Aubier 1961
518.
(8) In Isaiam, Prol.1.
(9) Carta a los Magnesios 8,2.
(10) El Sermón del Señor en la Montaña, II, 25