COLOQUIO 5 - AÑO II, N° 1

LITURGIA

"LAS BIENAVENTURANZAS"
HOMILÍA EN EL 4º DOMINGO DEL TIEMPO "PER ANNUM"
(Mt. 5,1-12)

P. Pablo Sáenz

Con las Bienaventuranzas comienza, en el Evangelio de san Mateo, el Sermón de la Montaña. Son las primeras palabras de la predicación del Señor que conocemos. Tienen una importancia grande, y también dificultad grande para descubrir su valor práctico, real, en nuestra vida. Quizás un poco por esto es que con mucha facilidad las dejamos como algo que no nos toca de cerca, algo que si uno lo ignora, la vida cristiana sigue su curso sin dificultad. Pero sabemos que no es así. Nunca podemos pensar que la palabra del Señor no llegue hasta nosotros. Y ésta especialmente.

Porque sencillamente nos está dando un mensaje que nos interesa mucho, nos está diciendo: "La felicidad está aquí, donde yo les digo". La felicidad, eso que no podemos no desear nunca en el fondo del alma, está aquí, donde jamás a uno se le ocurriría buscarla. Y el Señor nos dice esto porque sabe que los hombres, en todos los tiempos, estamos rodeados, abrumados de bienaventuranzas "del mundo" que dicen exactamente lo contrario: felices los ricos, felices los que gozan, los que se ríen, los que mandan, los que tienen éxito, los que tienen fama. Y esto siempre, hasta en nuestros días. A veces estas falsas bienaventuranzas no se expresan tan abiertamente, pero, de un modo u otro, esta es la filosofía que está por debajo de todo lo que se respira en el mundo. Todo, bueno o malo, ha girado y gira alrededor de esos principios. Basta con abrir una revista ilustrada.

Pero nuestro Señor viene a enseñarnos algo insólito: Eso que está como sobreentendido entre los hombres, que es como un dogma inamovible, está errado. Que hay que empezar por modificar algo muy hondo en nuestra óptica, en nuestro pensamiento, para ser cristiano. Viene a enseñarnos un orden nuevo en la vida.

Estas primeras palabras del Señor plantean algo muy serio : la concepción cristiana de la vida va a ser necesariamente distinta de la concepción del mundo. "¡Por dentro va a ser distinta!" Necesariamente el cristiano no se va a poder integrar totalmente al mundo nunca, en cualquier siglo de su historia, en cualquier lugar. Siempre va a tener que vivir en el mundo sin ser del mundo. Siempre vamos a ser algo "extranjeros y peregrinos", como dice con mucho realismo, san Pedro.

La divergencia entre vida cristiana y vida sin Cristo aparece claramente en las Bienaventuranzas. Parecen un código de vida disparatado. Y si uno piensa con sinceridad, nos cuesta mucho aceptarlas. Y si no fuera el Señor el que las dijo, nadie se atrevería a defenderlas.

Nuestra misión, frente a esta dificultad, no es corregir lo que dice el Señor, es claro, sino descubrir allí la verdad con sencillez, en cuanto somos capaces.

Lo primero de todo es aceptar el criterio del Señor, la escala de valores que enseña, como verdadera. Luego, hacer de esta enseñanza un ideal al que nos irá acercando poco a poco, con la gracia de Dios. Es cierto que las Bienaventuranzas vistas fríamente, pueden parecer duras y rígidas, pero son un camino, como dice expresamente Pío XII, no un precepto rígido, un camino para ir andando por él, e irse acercando a Dios, e ir descubriendo la felicidad verdadera que el Señor quiere mostrarnos. Un camino de su amor y de su misericordia.

Si nos fijamos, las Bienaventuranzas son como un anticipo de lo que nos va a enseñar el mismo Cristo con su propia vida. El nos dijo: "Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11,28-30). Lo mismo podía haber dicho: "Aprended de mí que soy pobre de espíritu, que soy manso, que sé lo que es sufrir, que hago la voluntad del Padre, que soy misericordioso, que tengo el corazón puro, que traigo la paz, que soy perseguido...", porque debajo de todo esto se encuentra la felicidad última del hombre, de lo más profundo de su corazón.

Las Bienaventuranzas nos hablan de esta última felicidad (no de la superficial), la que no podemos no desear, y que es el mismo Dios. Las Bienaventuranzas nos hablan de un futuro felicísimo, del Reino de los Cielos, pero también de una felicidad en esta tierra. No lo distinguen muy bien. Pero siempre se refieren a la felicidad más honda del corazón del hombre. La felicidad que nos promete en el Cielo es el encuentro con Dios, encuentro eterno y felicísimo de amor con él, Bien infinito, y con todos los que están unidos a él. Y en la tierra, lo que nos promete el Señor en las Bienaventuranza es lo mismo, pero en la oscuridad de la fe, y de la esperanza; pero es lo mismo, es el mismo motivo que tenemos para ser felices.

Es cierto que uno puede verse incapaz de sentirse feliz en las circunstancias de las que hablan las Bienaventuranzas, que aparentemente nos piden mucho al pedir que las sigamos. Pero fijémonos cómo nos habla el Señor. El no nos dice: "sean pobres, sufran, sean perseguidos, sean misericordiosos, trabajen por la paz, etc." El nos dice "Si son pobres, si tienen que llorar, si son perseguidos, si son misericordiosos, si son pacíficos, si tienen el corazón puro, etc., ahí me van a encontrar." Ahí, esta vida nuestra cristiana, que a veces nos parece que no es del todo profunda, ni del todo seria, ni del todo feliz, ahí va a encontrar esa plenitud.

Pidámosle al Señor, hoy, que hemos oído estas palabras suyas, que ellas entren en nuestra vida, que nuestro corazón sea tierra buena para que haga crecer la semilla de lo que él quiere enseñarnos.

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