| COLOQUIO 5 - AÑO II, N° 1 | LITURGIA |
EL AÑO LITÚRGICO
CUARESMA Y TRIDUO PASCUAL
H. José Marcilla
Introducción
La Constitución Sacrosanctum Concilium (SC) nos dice que "la santa madre Iglesia (...)en el círculo del año desarrolla todo el misterio de Cristo, desde la Encarnación y la Navidad hasta la Ascensión, Pentecostés y la expectativa de la dichosa esperanza y venida del Señor". De este modo cada año se reactualiza para nosotros el misterio de nuestra salvación. En el año litúrgico está presente, bajo un orden temporal, el conjunto de todas las acciones salvíficas de Cristo, que engloban la historia de la salvación desde la creación hasta la segunda venida del Señor en gloria. Este desarrollo cíclico del plan de la redención es el verdadero año de la salvación, a imagen del cual se ha dispuesto el año litúrgico. En el origen de éste último esta la siguiente idea: imitar la vida de Jesús, volviendo a celebrar los hechos salvíficos realizados por él, compendiándolos en un año solar.
El año litúrgico comienza con el tiempo de Adviento, como preparación gozosa a la manifestación del Señor en Navidad. A partir del 25 de diciembre y hasta el domingo siguiente a la Solemnidad de Epifanía, en que se celebra la fiesta del Bautismo del Señor, nos encontramos en el tiempo llamado de Navidad-Epifanía. A continuación se suceden una serie de entre cinco y nueve semanas, según la fecha en que se celebre la Pascua, que corresponden al tiempo ordinario durante el año. Con el miércoles de cenizas comienza el período de Cuaresma, que dura cuarenta días y concluye el jueves de semana santa. En este día con la misa de la cena del Señor, celebrada por la tarde, se da inicio al Triduo Pascual, es decir, los días Viernes Santo, Sábado Santo y Domingo de Pascua o de la Resurrección del Señor. Desde este día y hasta la solemnidad de Pentecostés -venida del Espíritu Santo- se suceden cincuenta días que conocemos como Tiempo Pascual, con la celebración de la Ascensión del Señor nueve días antes del domingo de Pentecostés. A partir del lunes siguiente se retoma el tiempo llamado ordinario o "durante el año" hasta el primer domingo de Adviento -fin de noviembre o principio de diciembre-, y que tiene una extensión de entre siete y diez semanas. Así, cerramos el año litúrgico para comenzarlo nuevamente. Pero este final y nuevo comienzo se da en un progreso de espiral, de modo que el final de uno este más elevado que su comienzo, y desde el final más avanzado comience un nuevo ciclo de la redención. De esta manera con el alternarse y sucederse de los años de la redención, el fiel se inserta cada vez más en los misterios de Cristo, que él mismo realiza presente entre nosotros hasta el final de los siglos.
Podemos agregar que a lo largo del año litúrgico celebramos las fiestas del Señor que contemplan un misterio en particular, como por ejemplo Cuerpo y Sangre de Cristo, Transfiguración del Señor, Exaltación de la Cruz, Jesucristo Rey del Universo. También "en la celebración de este ciclo anual de los misterios de Cristo, la santa Iglesia venera con amor especial a la bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María, unida con lazo indisoluble a la obra salvífica de su Hijo". "Además, la Iglesia introdujo en el círculo anual el recuerdo de los mártires y de los demás santos que, llegados a la perfección por la multiforme gracia de Dios y habiendo ya alcanzado la salvación eterna, cantan la perfecta alabanza a Dios en el cielo e interceden por nosotros".
A continuación quisiéramos destacar las características de cada uno de los "tiempos fuertes", comenzando por la Cuaresma y siguiendo con el Triduo Pascual. Seguimos este orden en función del momento en que sale publicado el presente número de nuestra revista.
CUARESMA
El objetivo de este tiempo es el de prepararnos para la celebración de la Pascua del Señor. Así nos lo recuerda la SC: "Puesto que el tiempo cuaresmal prepara a los fieles, entregados más intensamente a oír la Palabra de Dios y a la oración, para que celebren el misterio pascual, sobre todo mediante el recuerdo o la preparación del bautismo y mediante la penitencia, dése particular relieve en la liturgia y en la catequesis litúrgica al doble carácter de dicho tiempo". Por lo tanto, se restablece la importancia que en los orígenes tenía la preparación catecumenal para el bautismo en el camino hacia la Pascua. El proceso de iniciación del catecumenado se celebra ritualmente en la liturgia del primer domingo de cuaresma, después de haber estudiado el caso de los adultos que desean entrar en la Iglesia. Es un momento importante para el candidato y para la comunidad que lo toma a su cargo y se responsabiliza por su formación y preparación adecuada. En los tres domingos siguientes (del 2º al 4º) tienen lugar los tres escrutinios. Esto no consiste en un interrogatorio que se le hace al catecúmeno, sino en exorcismos preparatorios a la recepción del Espíritu del bautismo, mediante una oración con imposición de manos realizada por el que preside la celebración. En los distintos momentos de la eucaristía se recuerda tanto a los que van a ser bautizados como a los que se encargan de su preparación. En la celebración de estos domingos y durante las semanas de Cuaresma, también tiene lugar la "tradición del símbolo (Credo), tradición del Padrenuestro y tradición de los Evangelios", que consiste en instrucciones que se dan a los catecúmenos sobre los textos del Credo, el Padrenuestro y los Evangelios. En la distribución actual de lecturas y oraciones para las misas de los domingos de este tiempo es el llamado ciclo "A", rescatado totalmente como se encontraba ya en los orígenes, el que marca fuertemente este aspecto bautismal que destacamos. Precisamente es el que estamos celebrando en el año litúrgico en curso. Podríamos decir de los otros dos ciclos, preparados después de la reforma, que el "B" acentúa el aspecto cristocéntrico de la cuaresma y el "C" el aspecto penitencial. Fuera de esta distribución en tres ciclos para los domingos, cada día de las cinco semanas posee un formulario propio, tanto para las lecturas como para las oraciones de la misa. Se puede decir que la Cuaresma resalta más esta característica que los otros tiempos, ya que el Gradual Romano -libro oficial de la Iglesia que contiene las piezas que se cantan en la misa- prevé para cada día un formulario de piezas propio. No así para el resto de los tiempos.
Espiritualidad de la Cuaresma. En este tiempo los textos de la liturgia -lecturas, salmos, oraciones, prefacios y cantos- nos invitan a vivir un proceso de conversión que nos aleje del hombre viejo, perturbado por el pecado y sus consecuencias, y nos acerque al hombre nuevo, renovado en Cristo. Esto implica hacer la experiencia de una sentida participación en el misterio pascual de Cristo, de tal modo que "juntamente padecemos, para ser juntamente glorificados". Y, en este proceso, el acento no se pone tanto en el esfuerzo personal o voluntarista sino en la acción purificadora y santificadora del Señor a través de los sacramentos: reconciliándonos con Dios y con nuestros hermanos y participando en la Eucaristía. Por tanto, las obras exteriores como el ayuno, la limosna, las prácticas ascéticas y las obras de caridad para con el prójimo, y también las interiores como la oración, un contacto más asiduo con la Palabra de Dios y el arrepentimiento de nuestros pecados, son buenas y deben estar presentes, pero siempre cimentadas en la fuente de la cual brota la gracia que nos reedifica y por la que todo ello tiene sentido: la vida en y por Cristo. Sin él como meta y camino, corremos el riesgo de caer en el más grande de los orgullos: creer que todo lo podemos por nuestro propio esfuerzo y en consecuencia hacernos acreedores del favor divino por méritos propios. Esta es la típica actitud farisaica que tan gran rechazo producía en el Señor, como lo vemos en varios episodios evangélicos. A propósito, es bueno recordar aquí como ejemplo lo que San Benito regula para sus monjes en este tiempo de Cuaresma. Después de exhortar "a que en estos días de Cuaresma guarden su vida con suma pureza, y a que borren también en estos días santos todas las negligencias de otros tiempos; lo cual haremos convenientemente si nos apartamos de todo vicio y nos entregamos a la oración con lágrimas, a la lectura, a la compunción del corazón y a la abstinencia", les dice a continuación: "lo que cada uno ofrece propóngaselo a su abad, y hágalo con su oración y consentimiento, porque lo que se hace sin permiso del padre espiritual hay que considerarlo más como presunción y vanagloria que como algo meritorio". La enseñanza es clara: hacerlo todo con humildad, sencillez y consejo o aprobación del superior o del guía espiritual, para que el orgullo no encuentre un resquicio por donde penetrar en nuestro corazón. En el Señor tenemos el ejemplo consumado: "Aprended de mi que soy manso y humilde corazón". Él, que siendo Dios vino a hacer la voluntad del Padre. De este modo, nos enseña el verdadero espíritu de filiación: obediencia al Padre en el amor.
Estructura del Ciclo "A". Quisiéramos ahora seguir el camino que nos marca el ciclo "A" en el itinerario hacia la Pascua, ya que, como arriba recordamos, es el que estamos celebrando.
Como ayuda para situarnos en el marco bíblico en que se desarrollan los temas de estos cinco domingos, ofrecemos a continuación un pequeño cuadro indicando para cada domingo las referencias bíblicas de las lecturas y las ideas-guías que dichos textos expresan.
Domingo |
Antiguo |
Salmo |
Epístola del |
Evangelio |
1º |
Gén 2,7-9;3,1-7 Creación |
Sal 50 Confesión del |
Rom 5,12-19 Pecado |
Mt 4,1-11 Tentaciones |
2º |
Gén 12,1-4 Vocación |
Sal 32 Lealtad del amor |
2 Tim 1,8-10 Nuestra vocación |
Mt 17,1-9 Transfiguración |
3º |
Exo 17,3-7 La sed de Israel |
Sal 94 Alabanza |
Rom 5,1-2.5-8 El amor de Dios |
Jn 4,5-42 Diálogo de |
4º |
1 Sam 16,1-13 La unción |
Sal 22 El Señor, pastor |
Ef 5,8-14 Despertados de |
Jn 9,1-41 Jesús |
5º |
Eze 37,12-14 Yo pondré mi |
Sal 129 El Señor, fuente |
Rm 8, 8-11 El Espíritu del |
Jn 11,1-45 Resurrección |
A simple vista podemos observar un esquema que se repite a lo largo de los cinco domingos. A la primera lectura tomada del Antiguo Testamento, y que hace las veces de profecía o anuncio, responde la segunda lectura tomada de las epístolas del apóstol San Pablo, sobre todo de la carta dirigida a los cristianos de Roma, mostrando ya cumplida en la nueva alianza realizada por Jesucristo, aquella profecía o anuncio. El salmo responsorial responde a la situación planteada en la primera lectura y prepara, a través de la súplica confiada o de la alabanza jubilosa puesta en labios de los fieles, la respuesta anticipada que da el apóstol. Finalmente, el Evangelio muestra en su plenitud el cumplimiento en Jesucristo, Dios y hombre verdadero, de toda la esperanza expectante de Israel y la humanidad, acumulada durante siglos.
Domingo 1º: Tentaciones de Cristo
En Jesucristo el hombre es tentado por el demonio y vence la tentación. Al episodio del libro del Génesis, en el que se nos narra la caída original trasladada a todo el género humano y el triunfo transitorio del demonio, sucede la victoria de Cristo sobre las tentaciones propuestas por Satanás, quien lo reconoce como "Hijo de Dios". San Pablo nos dirá al respecto: "Si la falta de uno solo provocó la muerte de todos, la gracia de Dios y el don conferido por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, fueron derramados mucho más abundantemente sobre todos".
Los textos bíblicos de este primer domingo, muestran cuales son las mayores preocupaciones de la Iglesia en el camino bautismal hacia la Pascua: la actitud esencial que es necesario imprimir en el alma de los catecúmenos y las reflexiones fundamentales que deben despertarse entre los fieles. Tanto la Iglesia como el cristiano en particular están expuestos a las pruebas y a las persecuciones. Son necesarias para el crecimiento en la fe y encaminan hacia la gloria futura. Pero la misma liturgia se encarga de poner confianza en el corazón de los fieles, reconfortando los corazones con la certeza de la protección divina al comenzar la lucha cuaresmal: "Me invocará y lo escucharé; estaré a su lado en el peligro, lo defenderé y lo glorificaré. El que vive al amparo del Altísimo y reside a la sombra del Todopoderoso" (Canto de entrada de la misa - Gradual Romano).
Domingo 2º: Transfiguración del Señor
Bajo el título de "Hijo del hombre", que colma la expectativa mesiánica del período inmediatamente anterior al Nuevo Testamento, se nos revela en Jesús la elección, prefigurada en Abrahán, que Dios hace de cada uno de los hijos de los hombres por su propia iniciativa y por su gracia. Del mismo modo, se nos manifiesta a través de la voz del Padre la necesidad de "escuchar" (en el sentido de obedecer) a este Hijo suyo predilecto, y se nos anticipa, en la transfiguración gloriosa del Señor, el triunfo definitivo, para llegar al cual es necesario pasar por la pasión y la cruz, lo que está implícitamente anunciado en las palabras de Jesús: "No habléis a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos"(canto para la comunión - Gradual Romano), y claramente en las palabras del Prefacio de la misa de este día: "Quien (Cristo), después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria, para testimoniar, de acuerdo con la ley y los profetas, que la pasión es el camino de la resurrección".
De este modo la Iglesia quiere poner ante los ojos del catecúmeno el programa a seguir si quiere ser fiel discípulo de Cristo, sumergiéndose en la fuente bautismal. Y a los fieles les recuerda el camino ya emprendido en el bautismo. Estamos aquí en pleno misterio pascual: por la Cruz, Cristo alcanzará la gloria. Y tanto los catecúmenos como los fieles debemos participar activamente en este misterio, realizándolo con Cristo. Como expresión del deseo ardiente que debe mover a los fieles, la Iglesia pone en sus bocas estas palabras llenas de una confianza ilimitada: "Oigo en mi corazón: `Buscad mi rostro´. Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro" (canto de entrada - Gradual Romano).
Domingo 3º: Jesús dialoga con la samaritana
Con la apropiación explícita del título de "Mesías" y la confesión gozosa de los samaritanos como "Salvador del mundo", Jesús, después de presentarse a la mujer de Samaría sediento y fatigado por el camino y de solicitarle agua para beber -figura de todo hombre necesitado-, se manifiesta como el que verdadera y definitivamente sacia la sed de redención y de felicidad sin término que habita en todo hombre. Esa "agua viva" que Jesús ofrece a la samaritana es "el amor de Dios (que) ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado". Es en ese Espíritu que Jesús nos da, y bajo su impulso, que debemos adorar al Padre. Y este don recibido debemos anunciarlo y desearlo para todos los hombres, porque esa es la voluntad del Padre y es la obra que Jesús inició y que sus discípulos debemos continuar en su nombre. Esa es la obra de la Iglesia.
En el "agua viva" que Jesús ofrece a la samaritana, la Iglesia siempre vio el agua sacramental del bautismo que hace entrar en la muerte y en la vida de Jesús. Por ello, la misa de este domingo está visiblemente centrada en los catecúmenos. Esto se aprecia claramente si resituamos el conjunto de las lecturas y cantos elegidos en el marco de los formularios del escrutinio, que tiene lugar por vez primera. El catecúmeno, a imagen de la samaritana, es un sediento de Dios que está en camino a la vida nueva dada por el bautismo. A este deseo Jesús promete: "El que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la vida eterna" (canto para la comunión - Gradual Romano). Esa agua es un signo del don del amor que justifica mediante el Espíritu. La relación con el agua sacramental del bautismo es evidente. En este contexto litúrgico, los fieles pueden hacer suyas las palabras del salmista, que expresa mediante símbolos la experiencia vivida en el templo: "¡Qué inapreciable es tu misericordia, oh Dios! Los humanos se acogen a la sombra de tus alas, se nutren de lo sabroso de tu casa, les das a beber del torrente de tus delicias: porque en ti está la fuente viva y tu luz nos hace ver la luz".
Domingo 4º: Jesús y el ciego de nacimiento
La actitud creyente del que era ciego de nacimiento, postrándose ante el Señor y reconociéndolo como el "Hijo del hombre", da una nueva oportunidad a Jesús para manifestar su origen divino, además de presentarse como luz del mundo. El signo realizado al devolverle la vista al ciego tiene esa finalidad: demostrar lo que él es. La oposición entre las obras de las tinieblas que conducen a la muerte, con el diablo como maestro, y las obras de la luz -bondad, justicia y verdad-, que tienen a Cristo como iluminador, está en el fondo de la perícopa evangélica. Las palabras de Jesús inmediatamente después de la confesión del ciego y en la presencia de los fariseos, son verdaderamente impresionantes: "Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos". O estamos del lado de los fariseos, ciegos espirituales que creen ver, cerrándose al don de la fe que ilumina las tinieblas del corazón y, por lo tanto, desconocen en Jesús al Hijo de Dios que nos salva, o definitivamente damos como el ciego del Evangelio el paso trascendental y, confesando al Señor como el único que nos puede salvar, reconocemos nuestra necesidad de ser rescatados de entre los muertos espirituales a causa del pecado, y recibimos la gracia auxiliadora y santificante que nos ilumina y nos abre los ojos.
La Iglesia ha querido destacar con insistencia el signo bautismal en la liturgia de este domingo. Y la perícopa del Evangelio de Juan le sirve para ello. Desde muy antiguo el pasaje de la piscina de Siloé y la curación de la ceguera es utilizado como catequesis bautismal.
En la segunda lectura el apóstol San Pablo nos recuerda que por el bautismo los cristianos nos hemos convertido en luz. Por lo tanto, es una seria responsabilidad ser, con toda la Iglesia, testigos de la Luz que es Cristo. Esta es una resultante ontológica de nuestro bautismo. Nuestro ánimo debe ser el que expresa la oración poscomunión: "Señor Dios, luz que alumbras a todo hombre que viene a este mundo, ilumina nuestro espíritu con la claridad de tu gracia, para que nuestros pensamientos sean dignos de ti y aprendamos a amarte de todo corazón".
Domingo 5º: Jesús resucita a Lázaro
Con la resurrección de Lázaro asistimos al más fuerte de los signos realizados por Jesús. Al decir "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás" , Jesús está afirmando lo que constituye la esencia de su ser: amor y vida eterna que, no sólo comparte con el Padre y el Espíritu Santo en las relaciones intratrinitarias de comunión, sino que desea hacer partícipe de las mismas al hombre que acepte y viva conforme al don de la fe. Esta es la misión para la cual fue enviado al mundo: darnos la verdadera vida. Son numerosos los testimonios que nos bindra al respecto el Evangelio de san Juan. Además, se da también en este caso una confesión de la divinidad de Jesús por parte de Marta. Ante la afirmación de Jesús "todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás", y la pregunta posterior "¿Crees esto?", la respuesta de Marta no admite dudas: "Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo". Es el acto de fe de todo bautizado: creer en la Palabra, en Cristo muerto y resucitado.
El mismo evangelista nos narra que después de realizar este signo, los sumos sacerdotes y los fariseos determinaron dar muerte a Jesús, con lo que la muerte y resurrección de Lázaro constituye un anuncio de la muerte y resurrección de Jesús por obra del Padre y el Espíritu Santo. En ambos casos la resurrección manifiesta la gloria de Dios. De este modo, para todo cristiano la muerte será el paso a una nueva vida, paso que se hace en Jesús mediante su Espíritu. Es lo que nos enseña la lectura del apóstol san Pablo a los Romanos. Habiendo sido bautizados tenemos a Cristo y a su Espíritu en nosotros y, por lo tanto, estamos destinados a la resurrección y a la vida.
Reflexiones en torno a la persona de Dios Padre. Este año del Señor 1.999 está especialmente dedicado a la Persona del Padre, en la preparación al gran Jubileo del año 2.000, convocado por el Santo Padre. También en la liturgia debe resaltar este aspecto. Para ello, además del libro oficial del "Comité para el Jubileo del año 2.000", realizado en Roma especialmente para este año, las Conferencias Episcopales han publicado textos que ayudan a los pastores y a los fieles a vivir más intensamente esta preparación para el gran Jubileo. Trataremos, por tanto, de complementar la reflexión sobre los temas que nos propone la liturgia con este hecho significativo que nos disponemos a celebrar en el próximo año.
i) Al llegar la plenitud de los tiempos, el Padre nos revela su Misterio salvífico en Cristo. Como vimos más arriba la Cuaresma es un momento especial durante el año litúrgico para que los cristianos profundicemos en la necesidad de la conversión, en una perspectiva pascual. Esto implica el compromiso de revivir nuestro bautismo, auxiliados por la gracia, lejos del pecado, en el seno de la Iglesia. Para ello debemos tener presente la infinita misericordia del Padre que nunca nos abandona, sino que en su Hijo muy amado nos da siempre la oportunidad de reconciliarnos con él, y así, cumplir la voluntad de Dios y realizar nuestra vocación a la santidad en el espíritu de las bienaventuranzas. A este propósito es bueno detenernos a reflexionar en las profundas palabras que san Pablo nos dejó al comienzo de su carta a los Efesios, en forma de himno de estilo litúrgico. En él se resume el plan salvífico por designio amoroso del Padre, quién nos ha elegido en su Hijo muy querido para que, siendo santos e irreprochables en la caridad, honremos y glorifiquemos a Dios con nuestras obras. Por su sangre derramada, Cristo nos obtiene la redención y el perdón de los pecados, cumpliendo así el Misterio que la voluntad del Padre mantenía oculto desde el principio y que se reveló en la plenitud de los tiempos. De este modo, Cristo se constituye en nueva Cabeza de la humanidad definitiva, de la que la Iglesia es su signo sacramental.
ii) El Padre nos revela su amor por el hombre en la entrega de su Hijo, y nos pide que permanezcamos en su amor. En dos momentos distintos, pero importantes ambos, el Evangelio de san Mateo nos transmite el testimonio del Padre sobre Jesús. En los dos lo reconoce como su Hijo muy querido y en quien tiene su predilección. Se trata del Bautismo de Jesús al comienzo del Evangelio y en la Transfiguración del Señor. En este último caso el Padre agrega al final que debemos escuchar a Jesús, lo que implica ser obedientes a su palabra, cumplirla fielmente como él es fiel a su Padre. Antes de este episodio de la Transfiguración, Jesús anuncia a sus discípulos su muerte y su resurrección en Jerusalén y ante la negativa de Pedro de que esto suceda, lo reprende duramente diciéndole que esa no es la voluntad de su Padre y, a continuación, explica a los discípulos sobre la necesidad de negarse a sí mismos y cargar con la cruz para hallar la vida. Después de su Bautismo Jesús es llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el demonio. Sabemos que Jesús rechaza las tentaciones invocando tres pasajes del Antiguo Testamentocon los que manifiesta que nada antepone a la voluntad de Dios, su Padre. Por el contexto en que ambos testimonios se encuentran, el del bautismo de Jesús antes de ayunar, ser tentado y comenzar su predicación pública, y el del la Transfiguración después del anuncio de Jesús sobre su muerte y resurrección, podemos deducir la enseñanza que Dios Padre nos quiere transmitir: en primer lugar que Jesús como Hijo cumple la voluntad de su Padre y por eso éste se complace; en segundo lugar, que esa voluntad consiste en rescatar a los hombres hundidos en el pecado a precio del sacrificio de su vida. Pero, y es importante destacarlo, esa entrega sacrificial se realiza por amor al hombre. "Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna"; y de aquí se deduce una tercera enseñanza para meditar en profundidad en el tiempo de Cuaresma, y que en general nos cuesta aceptar y vivir: Si Dios nos dio el mayor testimonio de su amor por los hombres, entregando a su Hijo amado a la pasión y muerte en cruz, nosotros que creemos en él y nos confesamos sus discípulos debemos seguir su ejemplo, ya que no hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual. El camino a la gloria pasa por la cruz. Lo que está en juego aquí es la concepción del amor. Muy distinta de la verdaderamente cristiana es la que reina en el mundo. Podemos identificar la concepción mundana o falsa del amor con "las obras de la carne: fornicación, impureza y libertinaje, idolatría y superstición, enemistades y peleas, rivalidades y violencias, ambiciones y discordias, sectarismos, disensiones y envidias, ebriedades y orgías, y todos los excesos de esta naturaleza, aunque la mayoría de las veces se pretenda justificar egoístamente estas obras disfrazándolas y presentándolas como buenas en función de los derechos y las libertades individuales, o en el plano de la realización personal. El amor cristiano es todo lo contrario, "es paciente, es servicial; (...) no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta". Y todo esto no es en vano, ya que así como el Padre levantó a su Hijo de la muerte con el poder del Espíritu y lo glorificó a su derecha, así también nosotros aguardamos lo mismo con esperanza. "Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado". De tal modo que "si nos hemos identificado con Cristo por una muerte semejante a la suya, también nos identificaremos con él en la resurrección; (...) si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él". Así, nuestra existencia entera debe estar marcada por aquel amor cuya naturaleza es tal que implicó, necesariamente, la entrega del Hijo amado por parte de Dios Padre. Sin duda alguna que las bienaventuranzas contienen la esencia del amor evangélico.
Terminemos estas reflexiones con palabras del Papa Pablo VI, que así releía las bienaventuranzas evangélicas:
"Bienaventurados seremos, si pobres en espíritu sabemos liberarnos de la engañosa confianza en las riquezas materiales y dirigir nuestra tensión hacia los bienes espirituales y religiosos, respetando y amando a los pobres, como hermanos e imágenes vivas de Cristo.
Bienaventurados seremos, si no hacemos del egoísmo el principio que guía nuestra vida y del placer su finalidad, sino que aprendemos a descubrir en la templanza una fuente de energía, en el dolor un instrumento de redención, en el sacrificio el culmen de la grandeza.
Beatos seremos, si preferimos ser oprimidos en lugar de oprimir, teniendo siempre hambre de una justicia que progresa. Beatos seremos, si por el reino de Dios, sabemos, ahora y siempre, perdonar y luchar, obrar y servir, sufrir y amar.
No quedaremos desilusionados por la eternidad".
Domingo de Ramos en la Pasión del Señor. Después de recorrer con toda la Iglesia durante cinco semanas "el camino de un nuevo éxodo a través del desierto cuaresmal", llegamos al comienzo de la Semana Santa o Semana de Pasión. Empieza el día domingo con la conmemoración de la entrada del señor en Jerusalén. Decididamente, Jesús se encamina a Jerusalén para ofrecerse como víctima expiatoria por los pecados de todos los hombres de todas las épocas. Es decir, para consumar su misterio pascual. La celebración de este día se inicia con la bendición de los ramos en un lugar cercano al templo; después se proclama el Evangelio que narra la entrada en Jerusalén y a posteriori se inicia la procesión hacia la iglesia entre cantos alusivos. Llegados al templo y después de que el celebrante reza la oración colecta de la misa, tiene lugar la liturgia de la Palabra. La primera lectura esta tomada del profeta Isaías y corresponde al así llamado "tercer cántico del Siervo del Señor" (50,4-7). En este Siervo sufriente que se ofrece voluntariamente al escarnio la Iglesia ve un anuncio de la pasión del Señor Jesucristo. A continuación el salmo responsorial (salmo 21) pone en labios de Cristo aquellas palabras que luego repetirá en la cruz: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" , que expresan la soledad del Señor y su total despojo. La segunda lectura nos presenta el bellísimo himno, compuesto para un contexto litúrgico, y retomado por el apóstol San Pablo en su carta a los Filipenses (2,6-11).
Sobre este himno podemos decir lo siguiente: En él se sintetiza, con un gran dinamismo, la misión del Hijo de Dios. Siendo de condición divina se abaja encarnándose y llegando a la situación de esclavo, para someterse a la más ignominiosa de las muertes, la que en su época estaba reservada a los malhechores: muerte en cruz. Pero porque se ofrece voluntariamente a ella siendo inocente, el Padre lo exalta levantándolo de la muerte y concediéndole el "Nombre sobre todo nombre", es decir, Kyrios, que significa Señor y equivale al santo Nombre de Yahvé, en el Antiguo Testamento, o sea, el Nombre que los israelitas no podían pronunciar porque en él estaba implicada la existencia misma de Dios. Esto explica la furia de los judíos contra Jesús al revelarse como Hijo de Dios. De este modo, el himno resume admirablemente toda la obra de la redención como un gran movimiento de descenso (salida de Dios) y ascenso (vuelta a Dios) de Cristo, mediante el cual el hombre es salvado y Dios glorificado. Tanta importancia le dio la Iglesia a este himno que a lo largo de Semana Santa lo proclama, parcial o totalmente, trece veces así distribuidas: 1º) Domingo de Ramos: segunda lectura y versículo antes del Evangelio (2 veces); 2º) Miércoles Santo: Canto de entrada de la misa (Gradual Romano), (1 vez); 3º) Jueves Santo: Oficio de Vísperas y de Completas (responsorio breve), (dos veces); 4º) Viernes Santo: Oficio de Laudes, Vísperas y Completas (responsorio breve), y también como himno durante el oficio de Vísperas (4 veces); Celebración de la Pasión del Señor: versículo antes del Evangelio (1 vez): 5º) Sábado Santo: Oficio de Laudes y Vísperas (responsorio), y también como himno durante el oficio de Vísperas (3 veces). Podemos observar que el mayor número (8 veces) se concentra en el Viernes Santo y el Sábado Santo, días en que especialmente se rememora la Pasión del Señor.
La liturgia de la Palabra concluye con la proclamación de la Pasión del Señor según la versión de san Mateo, san Marcos o San Lucas, dependiendo de que sea ciclo "A", "B" o "C", y luego tiene lugar la homilía. Sigue la liturgia eucarística en la que resalta el prefacio propio de esta misa. En él se destaca el hecho de que muriendo, el Señor destruyó nuestra culpa y resucitando nos justificó.
Lunes, Martes y Miércoles Santos. Los textos que nos propone la liturgia de la Iglesia para estos días miran, como es lógico, a la pasión del Hijo de Dios, pronta ya a consumarse. La primera lectura está tomada del libro del profeta Isaías; más precisamente, desde el lunes hasta el miércoles se leen sucesivamente los llamados "cánticos del Siervo del Señor". Más arriba dijimos que en ellos ve la Iglesia una profecía de la Pasión del Señor. El Evangelio de estos tres días está tomado de San Juan (lunes y martes) y San Mateo (miércoles). Pleno de un rico simbolismo, el evangelista Juan nos va preparando, a medida que Jesús se acerca a Jerusalén para la Pascua, al gran acontecimiento del calvario. El lunes nos muestra a María, la hermana de Marta y de Lázaro, ungiendo los pies de Jesús, quien, ante el reclamo de Judas, anuncia que lo tenía preparado para su sepultura. El martes nos trae los anuncios de: la traición de Judas, simbolizado en la entrega de pan untado, y la triple negación de Pedro antes de que cante el gallo. El miércoles San Mateo nos presenta la entrega de Jesús a los sumos sacerdotes por parte de Judas y la preparación de la Pascua ya inminente por parte de los discípulos. Las oraciones colectas dirigidas a Dios Padre piden, sucesivamente, que la fuerza de la pasión del Señor levante nuestra débil esperanza (lunes), que por la participación en la celebración de la pasión alcancemos el perdón de nuestros pecados (martes) y que la muerte de su Hijo en cruz nos alcance la gracia de la resurrección (miércoles). Como vemos, aunque el tema de la pasión del Señor domina la escena, ya se apunta a la resurrección, puesto que en la cruz, Jesús da gloria a su Padre y a su vez es glorificado por él.
TRIDUO PASCUAL
Con la celebración de la "Cena del Señor" el jueves santo por la tarde, comienza el Sagrado Triduo Pascual. Esto es, los tres días en que conmemoramos sacramentalmente la pasión, muerte y resurrección del Hijo de Dios. Propiamente hablando, y hasta fines del siglo IV era así, estos días corresponden al Viernes Santo, Sábado Santo y Domingo de Resurrección. Al introducirse la "Cena del Señor" se adelantó el inicio del Triduo Sagrado a la tarde del jueves. Es fundamental resaltar la visión unitaria del misterio pascual que celebramos durante estos tres días. La resurrección del Señor no sólo esta unida inseparablemente a su pasión, sino que puede decirse que sale de ella. La vida brota de la muerte. Esta es vencida en el leño de la Cruz. No debemos perder nunca de vista esta unidad del misterio pascual. Remarcamos esto debido a que en períodos bastante extensos de la historia de la Iglesia, no muy lejanos, se separaba nítidamente el aspecto dolorista de la pasión y muerte del Señor, acentuándolo con un exagerado y dramático realismo que se introducía en la liturgia, perdiendo así de vista que ese camino doloroso termina en la resurrección gloriosa. Recordemos que participamos en la liturgia para celebrar un Misterio que se hace actual, no con el fin de recordar acontecimientos pretéritos en una atmósfera de afectividad espiritual. La liturgia hace presente la eficacia de un hecho que históricamente sucedió una sola vez y pertenece al pasado. No obstante, si observamos los textos de los oficios propuestos en estos días, la misma liturgia se encarga de conservar en su unidad este misterio indivisible de muerte y resurrección.
Jueves Santo. La Cena del Señor. Esta celebración, en la tarde del jueves santo, recuerda la institución de la Eucaristía en la Cena que el Señor tuvo con sus discípulos durante la última Pascua que celebró en la tierra. No debemos perder de vista el carácter sacrificial de esta Comida a la que somos invitados, puesto que en ella Cristo se ofrece como víctima y alimento. Aquí también es importante tener en cuenta que lo que el Señor realiza por medio de signos -pan y vino-, constituye una unidad con su entrega voluntaria a la muerte en cruz, en la tarde del Viernes Santo. Está actualizando lo que sucederá al día siguiente en el calvario. Al mismo tiempo, el Señor le encomendó a su Iglesia que celebrara esta Cena en memoria suya. Por tanto, lo que ésta hace es repetir la Cena para actualizar un pasado: lo acaecido el Viernes Santo. La Iglesia "renueva" el Sacrificio de la Cruz. No repite el acontecimiento puesto que es único, pero lo actualiza por el poder de Cristo que, como Cabeza y unido a su Iglesia, lo ofrece a la gloria del Padre para el perdón de los pecados. El espíritu con que debemos unirnos como Iglesia al sacrificio de Cristo lo expresa muy bien el canto de entrada: "Nosotros hemos de gloriarnos en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo: En él está nuestra salvación, vida y resurrección, él nos ha salvado y liberado"(Gradual Romano). La eucaristía que vamos a celebrar se apoya en la glorificación de Cristo muerto y resucitado; sin esta glorificación de su cuerpo resucitado la celebración sería imposible. Por tanto, con razón cantamos que tenemos que ser glorificados en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo.
La primera lectura tomada del libro del Éxodo (12,1-4), nos remite a la preparación de la cena pascual de los judíos. Recordemos que no sin sentido Cristo eligió ese contexto para su Eucaristía. Sobre todo lo que se subraya es el carácter de memorial de esa cena. Lo que los judíos rememoraban con ella era la gran maravilla que Yahvé obró por ellos al sacarlos de Egipto y cruzar el Mar Rojo, liberándolos de la opresión y del poder del faraón. El ritual de esa cena es riquísimo en signos y lo celebraban como si realmente "hoy" Yahvé obraba esos prodigios. El Señor Jesús toma ese ritual para establecer la "Nueva Alianza", la que sella con su Cuerpo entregado y su Sangre derramada. Durante la Cena ofrece a los suyos el pan y el vino como alimento y bebida, pero consagrándolos (separándolos exclusivamente para Dios) de tal manera que lo que ofrece bajo las especies de pan y vino es realmente su Cuerpo y su Sangre. En adelante, y por mandato del mismo Señor, los cristianos celebrarán esa Nueva Alianza de modo que la eficacia de aquel acontecimiento salvífico realizado por Cristo por única vez, se hace presente de manera real cada vez que lo conmemoran. Esto es lo que nos transmite el apóstol San Pablo en la segunda lectura tomada de la primera carta a los Corintios (11,23-26).
El Evangelio tomado de San Juan (13,1-15) nos trae el mandamiento nuevo del amor entregado por Cristo a sus discípulos. De manera solemne el evangelista anuncia que antes de pasar de este mundo al Padre, Jesús amó a los suyos hasta el extremo. A continuación, afirma que sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que venía de Dios y a Dios volvía, realiza el gesto de lavar los pies a los discípulos. Impresionan las palabras que preceden a la narración del lavatorio de los pies. Expresan la importancia de lo que va a realizar Jesús. Es el momento de dejar a sus discípulos su testamento, su última voluntad. Y ésta consiste en que se amen unos a otros como él los amó. Por ello es que el precepto de la caridad fraterna es fundamental para vivir plenamente y en verdad el Evangelio de Cristo.
Recordemos brevemente, que la Iglesia también celebra en este día la institución del sacerdocio ministerial (sacramento del orden).
Viernes Santo. Celebración de la Pasión del Señor. La liturgia de este día llama la atención por la sobriedad, el despojo y los silencios que expresamente están indicados. En este día y en el siguiente la Iglesia no celebra los sacramentos, siguiendo una antigua tradición. Y esto justamente por encontrarse muerto el Señor. Son días en que recuerda la obra de amor más grande que Dios en su misericordia tuvo para con la humanidad: entregar a su Hijo a la muerte en cruz para poder rescatarnos del pecado y de la muerte. Aquí encuentra el dolor un sentido redentor. Aquí consuma Jesús el sentido de su paso por la tierra, de su misión al salir de Dios: hacer la voluntad de Aquél que le envió, en obediencia perfecta, entregando su vida libre y espontáneamente por los pecadores. Pero el despojo o la renuncia a la que se somete Jesús no es sólo el haber tenido una existencia "para los demás" en la tierra, ni el someterse a la muerte en cruz, con toda la carga de angustia y dramatismo que ello conlleva, sino el hecho de encontrarse abandonado de Dios, su Padre. Esta que podríamos llamar "segunda muerte" queda expresada de manera patente en aquellas palabras que Jesús pronuncia en la cruz, tomadas del salmo 21: "Dios mío, Dios mío, ¿porqué me has abandonado?". Sin embargo, no son palabras de desesperación, sino una súplica confiada del justo que espera la llegada del Dios que domina sobre todo, también sobre la muerte, y que lo salva para una vida nueva.
Este es el gran misterio de la comunidad de amor infinito que forman las Personas Divinas en el seno de la Trinidad, en la que el Padre engendra eternamente al Hijo en el Espíritu Santo, que es el Amor, y el Hijo devuelve ese Amor al Padre como acto de obediencia filial. Tocamos aquí lo más profundo e insondable del Dios Amor. Y lo más inaudito es que, sin necesitarlo, en un acto de misericordia y de libertad infinita desean hacer partícipe de esa felicidad eterna al hombre, criatura salida de sus manos, creada a su imagen y semejanza, y, como consecuencia de esto, libre para poder responder voluntariamente a la invitación divina. Toda la obra redentora de Cristo es necesaria para rescatar al hombre que, queriendo ocupar el lugar de Dios e independizarse de él, rechazó la invitación a compartir el amor y cayó en el abismo del pecado y de la muerte; abismo en el que el gran ausente es precisamente el Amor. Esta obra suprema del Amor, por la que el Padre nos ama perdonándonos en su Hijo, es lo que celebramos en este día santo. Por ello, a pesar de la austeridad, del ayuno, de la penitencia, del dolor que produce la muerte del Justo, la Iglesia pregusta ya con Cristo la gloria de la resurrección, sabiendo que la victoria sobre la muerte está asegurada.
La primera lectura está tomada nuevamente del profeta Isaías: Es el cuarto cántico del Siervo del Señor (52,13-53,12). Sin dudas este último cántico es el que más se ajusta, como profecía, a lo realmente sucedido con Jesús, porque no sólo anuncia el sufrimiento y la muerte del Hijo de Dios sino que anticipa, desde el comienzo mismo del cántico, su triunfo definitivo por el poder del brazo del Señor. El salmo responsorial (salmo 30) transmite toda la confianza que el justo pone en el Señor su Dios, quedando seguro del auxilio que llegará. La segunda lectura tomada de la Carta a los Hebreos (4,14-16; 5,7-9), muestra como Jesús, el Hijo de Dios, experimentó la obediencia por medio del sufrimiento. Y, por esto, se convirtió en causa de salvación para todos los que le obedecen. A continuación se canta completo el admirable himno de la carta a los Filipenses (2,8-9), al que ya describimos al tratar el Domingo de Ramos. Finalmente se proclama solemnemente la Pasión del Señor según nos lo transmite el evangelista San Juan.
A continuación, y concluyendo la liturgia de la Palabra, viene la llamada Oración Universal, en la que presentamos a Dios las súplicas por la Iglesia, el Papa, los ministros, los fieles, los catecúmenos que van a recibir el bautismo, la unidad de los cristianos, los judíos, los que no creen en Cristo, los que no creen en Dios, los gobernantes y los atribulados.
Concluida la liturgia de la Palabra, se adora la Cruz mientras se cantan piezas alusivas. Después los ministros y fieles reciben la comunión con el Sagrado Sacramento traído desde el lugar de la reserva. Rezada la oración poscomunión e invocada la bendición de Dios sobre todos los fieles, concluye la celebración de este día.
Sábado Santo. Durante este día la Iglesia permanece en silencio de adoración junto al Señor que descansa en el sepulcro. Al respecto conviene citar aquí las primeras palabras "De una antigua Homilía sobre el santo y grandioso Sábado" (de autor desconocido), que se lee en el oficio de Vigilias de este día: "¿Qué es lo que pasa? Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey está durmiendo; la tierra está temerosa y no se atreve a moverse, porque el Dios hecho hombre se ha dormido y ha despertado a los que dormían desde hace siglos. El Dios hecho hombre ha muerto y ha puesto en movimiento a la región de los muertos". Se trata del descenso de Cristo a la región de los muertos, para devolverlos a la vida. Y a continuación se desarrolla un magnífico diálogo entre Cristo y Adán, nuestro primer padre: "Al verlo, Adán golpeándose el pecho de estupor exclama, dirigiéndose a todos: `Mi Señor está con todos vosotros.´ Y responde Cristo a Adán: `Y con tu espíritu.´ Y, tomándolo de la mano, lo levanta, diciéndole: `Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo". En esta actitud de adoración y meditación sobre la pasión y muerte de su Esposo, la Iglesia expectante y serena aguarda el anuncio gozoso de la resurrección del Señor durante la Solemne Vigilia Pascual de la Noche Santa entre el Sábado y el Domingo de Pascua.
Vigilia Pascual. Esta solemne celebración es la madre de las Vigilias durante el año. De ella, como de una fuente perenne, fluye todo lo que se desarrollará luego como celebración a lo largo del año litúrgico. Es la gran fiesta de los cristianos, la mayor de todas las solemnidades. Es la fiesta de la Vida, en la que, según una antiquísima tradición, los fieles permanecen en vela ante el Señor con cirios encendidos, según la recomendación del Evangelio (Lc 12,35s), aguardando el glorioso Día de Pascua. Toda la historia de la salvación desfila ante nuestros ojos, en una larga serie de lecturas con sus salmos responsoriales y sus oraciones colectas. En el artículo que sigue a continuación encontraremos descripto el desarrollo íntegro de la liturgia de esta Vigilia.