COLOQUIO 6, AÑO II, N°2

LITURGIA

LA OBLACION BENEDICTINA
Homilía del P. Abad

Hemos escuchado la proclamación del Evangelio de la resurrección de Lázaro. En esta cuaresma que estamos viviendo, cada domingo nos acerca más a la celebración de la Pasión del Señor: los textos son cada vez más insistentes, más fuertes, más claros; al indicar las etapas de la subida a Jerusalén nos van dando a conocer las etapas de la vida cristiana. También las exigencias de la fe se vuelven cada vez más incisivas. Justamente, este recorrido espiritual no hace más que seguir el recorrido de Jesús que, a medida que subía a Jerusalén y se acercaba a su pasión, iba experimentando también el dolor, la angustia, la seriedad tan grande, inevitable, de su compromiso con el Padre, un compromiso, aunque duro y exigente, amorosamente aceptado por Él.

Por eso, la cuaresma nos invita a una auténtica conversión. Es el camino que aparentemente va hacia la muerte, y a la muerte de Jesús, pero por la muerte de Jesús nosotros recibimos la vida. Es la entrega de Jesús lo que hace posible que todos nosotros podamos aspirar a ser hijos de Dios, y serlo verdaderamente.

En el camino de Jesús hacia la Pascua - que es su paso, su tránsito al Padre -, la resurrección de su amigo Lázaro se nos presenta como el triunfo sobre la muerte. El Señor es la vida que se manifiesta, y con la resurrección de la carne se va todo aquello que el mismo Evangelio nos relata, el dolor de sus familiares y amigos, la pena que los afligía; pero también la duda, la incertidumbre si Jesús hubiera estado aquí Lázaro no habría muerto. Es decir que con el paso, con el tránsito de la muerte a la vida, es como que todo se vuelve luminoso, claro , y recuperando la confianza, nos renovamos en nuestra relación con Dios porque entonces ya no hay sombra de duda, sino que podemos recibir, aceptar lo que viene deÉl.

De esta manera el Evangelio nos acerca y a la celebración de la Semana Santa, nos acerca porque nos va mostrando que este poder de Jesús, esta gracia que viene de Dios no ha de ser ineficaz, ha de ser realmente poderosa como para realizar, para obrar esa transformación, cómo este de misterio, de la humillación que es la pasión va a surguir gloriosa la vida transformando todo lo que está, todo lo que es nuestra propia existencia.

Y por eso nuestra cuaresma, la cuaresma de los cristianos debe ser un pasar de la muerte a la vida; es a través de la conversión, a través de la penitencia por los pecados, a través de la corrección de nuestros vicios, de nuestros defectos, a través de la actitud de fe y de una fe admitida en las sombras, una fe volcada en los concreto de nuestra existencia que va marcando los otros espacios de la vida, que se va achicando, se va reduciendo porque pertenece a la muerte y entonces podemos celebrarr la Pascua como ese misterio que transforma totalmente nuestra realidad, creada, porque nos hace hijos de Dios.

Y nosotros que no vemos muchas veces milagros, que no vemos en torno nuestro cosas extraordinarias, sin embargo, tenemos a nuestro alcance la posibilidad de hacer también ese camino, ese camino de conversión y de transformación, con la observancia fiel de la ley de Dios, con una frecuencia en los sacramentos y en la oración, con una respuesta que sea genuina, profunda, sincera a todo lo que Dios nos pide. Por eso la cuaresma nos invita a acercarnos al misterio de la vida y a participar plenamente para, a ser nosotros también, a intervenir en esta transformación, en este paso de la muerte a la vida apartando de nosotros todo lo que es pecado y por lo tanto muerte, todo lo que está en nosotros que nos aleja de Dios, que no nos permite ser libres para seguir a Cristo.

Y en esto tenemos, en nuestra vida cristiana, muchos recursos, porque tenemos todos los recursos de la gracia que vienen de Dios, y como estos recursos se nos dan a través de la Iglesia, de nuestra participación fiel en la vida de la Iglesia, pero también a través de un compromiso cada vez mayor, a través de una disposición y una entrega más generosa podemos ir creciendo para que esos dones que el Señor nos ofrece se derramen cada vez con mayor abundancia.

Y hoy en nuestra celebración eucarística vamos a ser testigos de la oblación de un amigo y hermano nuestro que viene del Uruguay, que va a hacer su entrega a Dios como oblato de este monasterio. Se trata en realidad de un gesto que es recibido por Dios, que es acogido por Dios en el seno de esta comunidad monástica de la Iglesia como un propósito, un deseo de vivir fielmente el Evangelio, de permanecer a lo largo de su vida generosamente atento a los pedidos y a la gracia de Dios y que para ello recurre, pide el auxilio de una comunidad de vida monática con su oración, con su práctica y su testimonio para apoyarlo y sostenerlo, para también enseñarle con aquellos elementos de la vida espiritual, de la vida litúrgica para que nos puedan ayudar a recorrer con más libertad y generosidad este camino de perfección cristiana. En esto consiste la oblación, y por eso... el poder de esta manera hacer participar a laicos, a padres de familia, personas que tienen una trayectoria profesional, poder acompañarlos, asistirlos en la vida para ser cristianos más profundamente comprometidos. Y también hoy el matrimonio Mendizabal, antiguos vecinos y amigos de la comunidad también van a empezar el tiempo de preparación para llegar a ser oblatos, y comprometemos la oración de todos ustedes para que puedan hacerlo en este tiempo que ahora se inicia con toda la ayuda de Dios.