CAPÍTULO XIX
DE LOS PAÑUELOS ACEPTADOS POR UN MONJE
No lejos del monasterio había una aldea, de la cual una
gran mayoría de sus habitantes habíasido
convertida del culto de los ídolos a la fe en Dios, por la predicación de
Benito. Había también allí unas mujeres consagradas a Dios, a las cuales
el siervo de Dios procuraba enviarles con frecuencia algunos de sus monjes
para atenderlas espiritualmente.
Un día, según su costumbre, envió a uno de ellos. Acabada la plática, el
monje que había sido enviado aceptó, instado por aquellas santas mujeres,
unos pañuelos y los escondió en su pecho. Luego que hubo regresado al
monasterio empezó el hombre de Dios a reprenderle con grandísima acrimonia
diciéndole: "¿Cómo ha penetrado la iniquidad en tu pecho?". Quedó aquél
estupefacto, pues no acordándose de lo que había hecho, tampoco atinaba a
comprender por qué le reprendía. Entonces Benito le dijo: "¿Acaso no
estaba yo presente cuando recibiste de las siervas de Dios los pañuelos y
los guardaste en tu pecho?". Al oír esto, se echó a sus pies, dio
satisfacción por haber obrado tan neciamente y arrojó los pañuelos que
había escondido en su pecho.[Arriba]
CAPÍTULO XX
DEL PENSAMIENTO DE SOBERBIA DE UN MONJE, CONOCIDO EN ESPÍRITU
Fin
otra ocasión, mientras el venerable abad tomaba su alimento hacia el
atardecer, cierto monje, hijo de un abogado, le sostenía la lámpara
delante de la mesa. Y mientras el hombre de Dios comía y él le alumbraba,
comenzó a pensar y decir secretamente en su interior: "¿Quién es éste para
que yo tenga que servirle y sostenerle la lámpara mientras come? ¿Y siendo
yo quien soy, he de servirle?". Al punto, dirigiéndose a él el hombre de
Dios, comenzó a increparle ásperamente, diciéndole: "¡Santigua tu corazón,
hermano! ¿Qué es lo que estás pensando? ¡Santigua tu corazón!".
Inmediatamente llamó a los monjes, mandó que le quitasen la lámpara de sus
manos, y a él le ordenó que cesara en su servicio y se sentara.Preguntado
luego por los monjes qué es lo que había pensado, les contó prolijamente
cómo se había envanecido por espíritu de soberbia y lo que había dicho
interiormente en su pensamiento contra el hombre de Dios. Con esto, todos
vieron claramente que nada podía ocultarse al venerable Benito, pues había
percibido hasta un simple discurso mental.[Arriba]
CAPÍTULO XXI
DE DOSCIENTOS MODIOS DE HARINA HALLADOS DELANTE DEL MONASTERIO
EN TIEMPO DE CARESTÍA
En otra ocasión, sobrevino en la región de la Campania una
gran hambre que afligía a todo el mundo por la falta de alimentos.
Empezaba también ya a escasear el trigo en el monasterio de Benito y se
habían consumido casi todos los panes, de tal manera que a la hora de la
refección de los monjes sólo pudieron hallarse cinco. Viéndolos el
venerable abad contristados, trató primero de corregir con suave
reprensión su pusilanimidad y luego de animarlos con esta promesa,
diciendo: "¿Por qué está triste vuestro corazón por la falta de pan? Hoy
ciertamente hay poco, pero mañana lo tendréis en abundancia". Al día
siguiente encontraron delante de la puerta del monasterio doscientos
modios de harina metido en sacos, sin que hasta el día de hoy se haya
podido saber, de quién se valió Dios todopoderoso para llevarlos allí.
Viendo esto, los monjes alabaron a Dios y aprendieron a no dudar más de la
abundancia, aun en tiempo de escasez.
PEDRO.- Dime, por
favor, si este siervo de Dios tenía siempre espíritu de profecía o si este
espíritu invadía su alma sólo de vez en cuando.
GREGORIO.- El espíritu
de profecía, Pedro, no está continuamente inspirando la mente de los
profetas, porque si el Espíritu Santo, según está escrito, inspira donde
quiere (Jn 3,8), también has de saber que inspira cuando quiere. Por eso,
preguntado el profeta Natán por el rey David, si podía construir el
templo, primeramente le dijo que sí y luego que no (2Sam 7,17). Y por lo
mismo, cuando el profeta Eliseo vio llorar a la mujer sunamita, sin
conocer la causa de su llanto, dijo al criado que la impedía acercarse:
Déjala, porque su alma está llena de amargura y el Señor me lo ha ocultado
y no me lo ha revelado (2Re 4,27). Dios todopoderoso actúa así por
disposición de su soberana bondad, porque unas veces da el espíritu de
profecía y otras lo retira, eleva las almas de los profetas a las alturas
y al mismo tiempo las mantiene en la humildad, para que vean lo que son
por la gracia de Dios, cuando reciben este espíritu, y lo que son por sí
mismos, cuando les falta.
PEDRO.- Que es así como
dices, lo manifiesta tu mismo razonamiento. Pero cuéntame por favor, todo
lo que sepas del venerable abad Benito.[Arriba]
CAPÍTULO XXII
CÓMO EN UNA VISIÓN TRAZÓ EL PLANO DEL MONASTERIO DE TERRACINA
GREGORIO.- En otra
ocasión, cierto varón piadoso le rogó que enviase algunos de sus
discípulos para fundar un monasterio en una posesión suya, junto a la
ciudad de Terracina. Accedió Benito a su demanda; designó a los monjes que
habían de ir y nombróles abad y prior. A1 despedirlos les prometió: "Id y
tal día iré yo y os mostraré dónde debéis edificar el oratorio, el
refectorio de los monjes, la hospedería y todo lo demás". Recibida la
bendición, partieron en seguida. Esperaron con ansia el día señalado y
prepararon todo lo necesario para los que habían de venir en compañía del
santo abad. Pero la noche anterior al día convenido, antes de que
amaneciera, el hombre de Dios se apareció en sueños al que había
constituido abad y a su prior y les fue señalando minuciosamente cada uno
de los lugares donde había de edificarse algo. Al levantarse de la cama,
refiriéronse mutuamente lo que habían visto en sueños, pero no dieron
crédito a la visión y así esperaron a que viniera el siervo de Dios, tal
como se lo había prometido. Mas viendo que no había comparecido el día
señalado, fueron a él y le dijeron llenos de tristeza: "Padre, esparábamos
que vinieras, tal como nos lo habías prometido, y nos indicaras lo que
habíamos de edificar, pero no compareciste". Él les respondió: "Hermanos,
¿cómo decís esto? ¿Acaso no vine según había prometido?". Contestáronle:
"¿Cuándo viniste?". Él respondió: "Cuando me aparecí a los dos mientras
dormíais y os señalé cada uno de los lugares. Id, pues, y según lo oísteis
en la visión, construid todos los edificios del monasterio". Al oír esto,
quedaron estupefactos; regresaron al predio susodicho y construyeron todas
las dependencias según las instrucciones recibidas en la visión.
PEDRO.- Desearía que me
explicaras, cómo pudo ir tan lejos, dar la respuesta a unos que dormían y
éstos reconocerle y oírle en la visión.
GREGORIO.- ¿Por qué,
Pedro, porfías en querer averiguar el hecho con tanta prolijidad? Es
evidente que el espíritu es de naturaleza más sutil que el cuerpo. Por
otra parte, sabemos con absoluta certeza, por el testimonio de la
Escritura, que el profeta Habacuc fue arrebatado y transportado en un
instante de Judea a Caldea con la comida. Y después de dar de comer al
profeta Daniel se halló de nuevo súbitamente en Judea (Dn 17,32-39). Si,
pues, Habacuc pudo en un instante ir corporalmente tan lejos a llevar la
comida, no es de maravillar que al abad Benito le fuera concedido ir
espiritualmente y decir lo necesario a los espíritus de aquellos monjes
que estaban durmiendo. Pues así como aquél fue corporalmente para llevar
el alimento corporal, éste fue espiritualmente para llevarles una
instrucción de tipo espiritual.
PEDRO.- Confieso que la
claridad de tus palabras ha hecho desaparecer en mí toda duda, pero
quisiera saber cómo era el modo habitual de hablar de este santo varón.[Arriba]
CAPÍTULO XXIII
DE UNAS RELIGIOSAS QUE DESPUÉS DE SU MUERTE FUERON READMITIDAS
A LA COMUNIÓN ECLESIAL, MERCED A UNA OBLACIÓN SUYA
GREGORIO.- Su lenguaje
habitual, Pedro, no estaba desprovisto tampoco de poder sobrenatural,
porque no podían caer en el vacío las palabras de la boca de aquel, cuyo
corazón estaba suspendido en las cosas celestiales. Y si alguna vez decía
algo, no ya ordenando sino amenazando, su palabra tenía tanta fuerza, que
parecía que la hubiese proferido no con duda o vacilación, sino como una
sentencia. En efecto, no lejos del monasterio vivían consagradas a Dios en
su propia casa dos mujeres de noble linaje, a quienes cierto piadoso varón
cuidaba de proveerles de todo lo necesario para su sustento. Pero en
algunos, la nobleza de linaje suele engendrar vulgaridad de espíritu,
puesto que los que recuerdan haber sido algo más que los demás, se
desprecian menos en este mundo. Así, las citadas religiosas no habían
domeñado perfectamente su lengua, ni siquiera bajo el freno de su hábito
religioso, y frecuentemente con palabras injuriosas provocaban a ira a
aquel piadoso varón, que les suministraba lo necesario para vivir. Éste,
después de aguantar por largo tiempo sus ofensas, se dirigió al hombre de
Dios y le contó las grandes afrentas que de palabra tenía que sufrir. El
hombre de Dios, después de oír de ellas semejantes cosas, les mandó a
decir: "Refrenad vuestra lengua, porque si no lo hacéis os excomulgaré".
-Sentencia de excomunión que de hecho no lanzó, pues sólo amenazó con
ella-. A pesar del aviso, ellas no corrigieron en nada su conducta. A los
pocos días murieron y fueron sepultadas en la iglesia. Pero cuando se
celebraba en ella el sacrificio de la misa y el diácono decía, según se
acostumbra, en voz alta: "Si alguno está excomulgado salga fuera de la
iglesia", su nodriza, que solía ofrecer por ellas la oblación al Señor,
las veía salir de sus sepulcros y abandonar la iglesia. Después de
comprobar repetidas veces que a la voz del diácono salían fuera de la
iglesia y no podían permanecer en ella, recordó lo que el hombre de Dios
les había mandado estando aún vivas, a saber: que las privaría de la
comunión eclesial si no enmendaban su conducta y sus palabras. Entonces,
sumamente apenada, comunicó el caso al siervo de Dios, el cual entregó por
su propia mano una oblación, diciendo: "Id y haced ofrecer por ellas esta
oblación al Señor y en adelante ya no estarán excomulgadas". Mientras se
inmolaba la oblación presentada por ellas, el diácono, como de costumbre,
dijo que salieran de la iglesia los excomulgados, pero en adelante no se
las vio salir más del templo. Con lo que quedó de manifiesto que al no
retirarse con los excomulgados, era porque habían sido recibidas a la
comunión del Señor, gracias a su siervo Benito.
PEDRO.-
Realmente, me admira que un hombre por más venerable y santo que fuera,
viviendo aún en carne mortal, pudiera absolver a unas almas que estaban ya
ante el invisible tribunal de Dios.
GREGORIO.- Pero, ¿es
que no vivía en carne mortal el apóstol san Pedro, cuando oyó de la boca
del Señor: Todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos y todo
lo que desatares en la tierra será desatado en el cielo? (Mt 16,1). Este
poder de atar y desatar lo tienen ahora aquellos que gobiernan santamente,
por su fe y sus buenas costumbres. Pero, para que el hombre terreno
pudiera hacer tales cosas, el Creador de cielos y tierra bajó del cielo, y
para que la carne pudiera juzgar incluso a los espíritus, Dios hecho carne
por los hombres se dignó concederle esto: que su debilidad se elevara
sobre sí misma, porque la fortaleza de Dios se había debilitado por debajo
de sí misma.
PEDRO.- El razonamiento
de tus palabras concuerda perfectamente con el poder de sus milagros.[Arriba]
CAPÍTULO XXIV
DE UN MONJE JOVEN A QUIEN ARROJÓ LA TIERRA DEL SEPULCRO
GREGORIO.- Un
día, cierto monje joven, que amaba a sus padres más de lo conveniente, se
marchó a su casa, saliendo del monasterio sin pedir la bendición. El mismo
día, en llegando a su casa murió y le sepultaron. Pero al día siguiente
hallaron su cuerpo fuera de la fosa. De nuevo volvieron a enterrarle, pero
al día siguiente lo hallaron otra vez fuera de la tumba. Entonces
corrieron a los pies del abad Benito, pidiéndole entre sollozos que se
dignara concederles su favor. Al punto, dióles el hombre de Dios por su
propia mano la comunión del Cuerpo del Señor, diciéndoles: "Id y poned
sobre su pecho esta partícula del Cuerpo del Señor y sepultadlo con ella".
Hiciéronlo así y la tierra retuvo el cuerpo, sin volver a arrojarlo más.
¿Ves, Pedro, qué méritos no tendría este hombre delante de
nuestro Señor Jesucristo, que hasta la tierra arrojaba de sí el cuerpo de
aquel que no tenía el favor de Benito?
PEDRO.- Lo veo
perfectamente y ello me llena de asombro.[Arriba]
CAPÍTULO XXV
DEL MONJE QUE AL MARCHARSE DEL MONASTERIO CONTRA LA VOLUNTAD DE BENITO
LE SALlÓ AL ENCUENTRO UN DRAGÓN QUE QUERÍA DEVORARLE
GREGORIO.- Un monje
suyo, proclive a la inconstancia, no quería perseverar en el monasterio. Y
aunque el hombre de Dios le corregía asiduamente y le amonestaba con
frecuencia, de ningún modo quería permanecer más en la comunidad y se
empeñaba con importunos ruegos a que le dejara marchar. Un día, cansado ya
el venerable abad de tanta impertinencia, le mandó airado que se fuese. No
bien hubo abandonado el monasterio, cuando le salió al encuentro un
dragón, que abriendo sus fauces contra él amenazaba con devorarle.
Entonces, tembloroso y jadeante empezó a gritar con fuerte voz: "¡Corred,
corred, que este dragón quiere devorarme!". Acudieron rápidamente los
monjes; no vieron al dragón, pero condujeron al monasterio al monje,
despavorido y tembloroso, quien en seguida hizo promesa de no abandonar
jamás el monasterio. Y desde aquel momento permaneció constante en su
promesa, gracias a que por las oraciones del santo varón había podido ver
a aquel dragón que quería devorarle y al que antes seguía sin ver.[Arriba]
CAPÍTULO XXVI
UN CASO DE ELEFANTIASIS CURADO
Tampoco debo callar lo que me contó el ilustre Antonio: que
un esclavo de su padre fue atacado de una elefantiasis tan grave, que se
le entumecía la piel y se le caía el cabello, sin poder ocultar la
podredumbre que avanzaba por momentos. Enviado por su padre al hombre de
Dios, instantáneamente recuperó la salud perdida.[Arriba]
CAPÍTULO XXVII
DE UNOS SUELDOS DEVUELTOS MILAGROSAMENTE AL DEUDOR
Asimismo, no puedo callar tampoco lo que su discípulo
Peregrino solía contar: que en cierta ocasión un fiel cristiano, apremiado
por la obligación de saldar una deuda, creyó que sólo hallaría remedio si
acudía al hombre de Dios y le exponía la necesidad que tenía de pagarla.
Fue, pues, al monasterio halló al siervo de Dios
omnipotente y le explicó cómo su acreedor le afligía gravísimamente por
doce sueldos que le debía. El venerable abad le respondió que no tenía
doce sueldos, pero después de consolarle de su pobreza con suaves
palabras, le dijo: "Ve y vuelve dentro de dos días, porque no tengo hoy lo
que quisiera darte".
Durante estos dos días, Benito, según su costumbre, estuvo
ocupado en la oración. Cuando al tercer día volvió aquel hombre afligido
por la deuda, se encontraron inesperadamente trece sueldos sobre un arca
del monasterio que estaba llena de trigo. Mandó traerlos el hombre de Dios
y entregarlos al afligido demandante, diciéndole que pagara los doce
sueldos y se reservara el sobrante para sus propias necesidades.
Pero volvamos ahora a lo que supe por referencias de los
discípulos, de quienes hice mención en el exordio de este libro.
Un hombre tenía una grandísima envidia de su enemigo y a
tal punto llegó su odio, que ocultamente vertió veneno en su bebida. El
veneno no llegó a quitarle la vida, pero de tal manera hizo mudar el color
de su piel, que aparecieron esparcidas por todo el cuerpo unas manchas
semejantes a las de la lepra. Fue enviado al hombre de Dios y recobró
inmediatamente la salud perdida. Pues con sólo tocarle el santo
desaparecieron al punto las manchas de su piel.[Arriba]