CAPITULO XXVIII
DE UNA AMPOLLA DE CRISTAL ARROJADA A UNAS ROCAS, QUE NO SE ROMPIÓ
En aquel tiempo en que el hambre afligía gravemente la región de la
Campania, el hombre de
Dios distribuyó entre los pobres cuanto había en el monasterio, hasta el
punto de no quedar apenas nada en la despensa, fuera de un poco de aceite
en una vasija de cristal.Llegó
al monasterio un subdiácono, por nombre Agapito, pidiendo con insistencia
que le diesen un poco de aceite. El hombre de Dios, que se había propuesto
darlo todo en la tierra para encontrarlo todo en el cielo, ordenó dar al
demandante aquel poco de aceite que quedaba. Pero el monje encargado de la
despensa, aunque oyó perfectamente la orden, hizo oídos sordos a la misma.
Poco después, preguntó el abad si había dado lo que le había mandado.
Respondió que no había dado el aceite, porque de haberlo hecho no habría
quedado nada para los monjes. Airado entonces el santo, mandó a otros
monjes que arrojasen por la ventana aquella vasija de cristal que contenía
un poco de aceite, para que en el monasterio no se guardara nada contra la
obediencia. Así se hizo. Debajo de la ventana había un gran precipicio
erizado de enormes rocas. Arrojada, pues, la vasija de cristal, cayó sobre
las rocas, pero permaneció tan sana como si no la hubieran lanzado; de tal
manera que ni se rompió ni se derramó el aceite. Entonces el hombre de
Dios mandó subirla y entera como estaba entregarla al subdiácono. Luego
reunió a la comunidad y en su presencia reprendió al monje desobediente
por su soberbia y poca fe.
[Arriba]
CAPÍTULO XXIX
LA TINAJA VACÍA QUE REBOSO DE ACEITE
Acabada la reprensión, púsose en oración juntamente con los demás monjes.
En el mismo lugar donde oraban había una tinaja vacía y cubierta. Como el
santo varón prolongara su oración, la tapadera de la tinaja empezó a
levantarse, empujada por el aceite que iba subiendo. Al fin cayó la
tapadera, y el aceite, desbordándose, comenzó a invadir el pavimento del
lugar donde estaban postrados en oración. Al darse cuenta de ello el
siervo de Dios Benito, puso en seguida fin a su oración y al punto el
aceite dejó de derramarse por el suelo. Entonces amonestó con más
insistencia al monje desconfiado y desobediente, para que aprendiese en
adelante a tener más fe y humildad. El monje, saludablemente corregido,
quedó ruborizado de ver que el venerable abad había mostrado con milagros
el poder de Dios todopoderoso, del que antes le había hablado en la
primera amonestación. Y así, no había ya quien dudara de las promesas de
aquel que en un instante trocó un vaso de cristal casi vacío en una tinaja
rebosante de aceite. [Arriba]
CAPÍTULO XXX
DEL MONJE LIBRADO DEL DEMONIO
Un día, yendo el hombre de Dios a orar a la ermita de San
Juan, situada en la misma cumbre del monte, cruzóse con él el antiguo
enemigo en figura de veterinario, llevando consigo el cuerno y la
tripédica. Preguntóle Benito: "¿Adónde vas?". Él le respondió: "A darles
una poción a tus monjes". Prosiguió el venerable Benito su camino y
concluida su oración regresó al monasterio. Entre tanto, el maligno
espíritu encontró a un monje anciano que estaba sacando agua, y al punto
entró en él y le arrojó por tierra, atormentándole furiosamente. El hombre
de Dios, que regresaba ya de su oración, al ver a aquel monje tan
cruelmente atormentado, diole solamente una bofetada y el maligno espíritu
salió tan rápidamente de él, que no se atrevió jamás a volver a aquel
monje.
PEDRO.- Quisiera saber
si estos milagros tan grandes los obtenía siempre por el poder de la
oración, o si a veces los obraba con sólo el querer de su voluntad.
GREGORIO.- Los que se
unen devotamente a Dios suelen obrar milagros de ambas maneras, según lo
exigen las circunstancias, de suerte que unas veces hacen prodigios por
medio de la oración y otras por sólo su propio poder. Porque si san Juan
dice: A todos los que le recibieron les dio poder de llegar a ser hijos de
Dios (Jn 1,12), ¿por qué maravillarse de que puedan obrar prodigios por su
propio poder, quienes son hijos de Dios por ese mismo poder? Que obran
milagros de las dos maneras nos lo atestigua san Pedro, que resucitó a la
difunta Tabita con la oración (Hch 9,40) y entregó a la muerte a Ananías y
Safira por sola su reprensión (Hch 5,1-10), puesto que no se dice que
orara para que murieran, sino únicamente que les echó en cara el pecado
que habían cometido. Luego es cierto, que unas veces obran milagros por su
propia virtud, y otras por virtud de la oración, ya que a éstos les quitó
la vida recriminándoles su pecado, y a aquélla se la restituyó orando.
Y
para que veas que esto es verdad, voy a traer ahora a colación dos
prodigios del fiel siervo de Dios Benito, en los cuales aparece claramente
que uno lo obró por el poder recibido de Dios y el otro por la oración. [Arriba]
CAPÍTULO XXXI
DE UN LABRIEGO MANIATADO, QUE DESATÓ CON SÓLO SU MIRADA
Un godo por nombre Zalla, afiliado a la herejía arriana, en
tiempos del rey Totila, se encendió en odio y bárbara crueldad contra los
varones piadosos de la Iglesia Católica, hasta el punto de que si algún
clérigo o monje topaba con él no escapaba con vida de sus manos. Un día,
abrasado por el ardor de su avaricia y ávido de rapiña, le dio por afligir
con crueles tormentos a cierto labriego, y a torturarle con varios
suplicios. El rústico, vencido por tales tormentos, declaró que había
confiado todos sus bienes al siervo de Dios Benito, para que creyéndole su
verdugo, diera entre tanto tregua a su crueldad y pudiera ganar unas horas
de vida.
Cesó entonces Zalla de atormentar al labriego, pero le ató
los brazos con gruesas cuerdas y comenzó a empujarle delante de su caballo
para que le mostrara quién era el tal Benito, que había recibido en
depósito todos sus bienes. El labriego, que iba delante con los brazos
atados, le condujo al monasterio del santo varón, a quien encontró sentado
junto a la puerta, solo y leyendo. El labriego dijo al cruel Zalla, que
iba detrás de él: "He aquí al abad Benito, de quien antes te hablé". Zalla
fijó en él su mirada llena de ira y ferocidad, y creyendo que podía usar
con él los procedimientos terroristas que acostumbraba, empezó a gritar
fuertemente, diciéndole: "¡Levántate, levántate! ¡Devuelve todo lo que
recibiste de este labriego!". Al oír estas palabras, el hombre de Dios,
levantó sus ojos de la lectura, le miró y fijó también la vista en el
labriego que mantenía maniatado. A1 poner los ojos sobre los brazos del
labriego, comenzaron a desatarse de un modo maravilloso y con tanta
rapidez las cuerdas que ataban sus brazos, que no hubiera podido
desligarlos tan presto celeridad humana alguna. Al ver Zalla cuán
fácilmente quedaba desatado aquel que había traído maniatado consigo,
aterrado ante la fuerza de tal poder, cayó del caballo y doblando a las
plantas de Benito aquella su cerviz de inflexible crueldad, se encomendó a
sus oraciones.
El hombre de Dios no dejó por eso su lectura, pero llamó a
los monjes y les mandó que introdujeran a Zalla en el monasterio y que le
obsequiaran con algún alimento bendecido. Cuando volvió a su presencia, le
amonestó a que dejara tanta insana crueldad. Y así, al retirarse aplacado,
no se atrevió a pedir nada a aquel labriego, a quien el hombre de Dios
había desatado sin tocarlo, con sóla su mirada.
Esto es, Pedro, lo que antes te decía: que aquellos que
sirven con más familiaridad a Dios todopoderoso algunas veces suelen obrar
cosas admirables con sólo su poder. Pues el que estando sentado reprimiera
la ferocidad de aquel terrible godo, y con sólo su mirada deshiciera las
cuerdas y nudos que ataban los brazos de un inocente, nos indican por 1a
misma rapidez con que se hizo el milagro, que había recibido el poder de
hacerlo.
Ahora añadiré también un magnífico milagro, que obtuvo por medio de la
oración. [Arriba]
CAPÍTULO XXXII
DE UN MUERTO, RESUCITADO POR LA ORACIÓN DEL HOMBRE DE DIOS
Cierto día, mientras el hombre de Dios había salido con sus
monjes a las labores del campo, llegó al monasterio un campesino llevando
en brazos el cuerpo de su hijo muerto, y estando fuera de sí por el dolor
de tamaña pérdida, preguntó por el abad Benito. Cuando se le contestó que
el abad estaba en el campo con los monjes, dejó a la puerta del monasterio
el cuerpo de su hijo difunto y trastornado por el dolor comenzó a correr
en busca del venerable abad. Pero entonces regresaba ya el hombre de Dios
del trabajo del campo con sus monjes. Apenas le divisó el campesino,
comenzó a gritar: "¡Devuélveme a mi hijo! ¡Devuélveme a mi hijo!". A1 oír
estas palabras detúvose el hombre de Dios y le dijo: "¿Es que te he
quitado yo a tu hijo?". A lo que respondió aquél: "Ha muerto; ven y
resucítale". Al oír esto el siervo de Dios, se entristeció sobremanera y
dijo: "Retiraos, hermanos, retiraos, que estas cosas no son para nosotros;
son propias de los santos Apóstoles. ¿Por qué queréis imponernos cargas
que no podemos llevar?". Pero el campesino, abrumado por el dolor,
persistía en su demanda, jurando que no se había de ir si no resucitaba a
su hijo. Entonces el siervo de Dios preguntó:
"¿Dónde está?". Él le respondió: "Su cuerpo yace junto a la
puerta del monasterio". Llegado que hubo allí el hombre de Dios con sus
monjes, dobló las rodillas y se echó sobre el cuerpecito del niño, luego
se levantó y alzando las manos al cielo dijo: "Señor, no mires mis
pecados, sino la fe de este hombre que pide que se le resucite a su hijo,
y devuelve a este cuerpecito el alma que le has quitado". Apenas había
acabado de decir las palabras de esta oración, cuando volvió el alma al
cuerpo del niño, estremeciéndose éste de tal modo, que quedó bien patente
a los ojos de todos que aquel cuerpo se había agitado conmovido por una
sacudida maravillosa. Tomó entonces al niño de la mano y vivo y sano lo
entregó a su padre.
Aquí queda de manifiesto, Pedro, que no estuvo en su poder
el hacer este milagro, ya que postrado en tierra pidió poder para
realizarlo.
PEDRO.- Está claro que todo es como
dices, porque has probado tus palabras con hechos. Pero dime, por favor,
si los santos pueden hacer todo lo que quieren y si alcanzan todo lo que
desean obtener.[Arriba]
CAPÍTULO XXXIII
EL MILAGRO DE SU HERMANA ESCOLÁSTICA
GREGORIO.- ¿Quién
habrá, Pedro, en esta vida más grande que san Pablo? Y sin embargo tres
veces rogó al Señor que le librara del aguijón de la carne (2Co 12,8) y no
pudo alcanzar lo que deseaba. Por eso, es preciso que te cuente del
venerable abad Benito cómo deseó algo y no pudo obtenerlo. En efecto, una
hermana suya, llamadaEscolástica,
consagrada a Dios todopoderoso desde su infancia, acostumbraba a visitarle
una vez al año. Para verla, el hombre de Dios descendía a una posesión del
monasterio, situada no lejos de la puerta del mismo. Un día vino como de
costumbre y su venerable hermano bajó donde ella, acompañado de algunos de
sus discípulos S'. Pasaron todo el día ocupados en la alabanza divina y en
santos coloquios, y al acercarse las tinieblas de la noche tomaron juntos
la refección. Estando aún sentados a la mesa entretenidos en santos
coloquios, y siendo ya la hora muy avanzada, dicha religiosa hermana suya
le rogó: "Te suplico que no me dejes esta noche, para que podamos hablar
hasta mañana de los goces de la vida celestial". A lo que él respondió:
"¡Qué es lo que dices, hermana! En modo alguno puedo permanecer fuera del
monasterio".
Estaba entonces el cielo tan despejado que no se veía en él
ni una sola nube. Pero la religiosa mujer, al oír la negativa de su
hermano, juntó las manos sobre la mesa con los dedos entrelazados y apoyó
en ellas la cabeza para orar a Dios todopoderoso. Cuando levantó la cabeza
de la mesa, era tanta la violencia de los relámpagos y truenos y la
inundación de la lluvia, que ni el venerable Benito ni los monjes que con
él estaban pudieron trasponer el umbral del lugar donde estaban sentados.
En efecto, la religiosa mujer, mientras tenía la cabeza apoyada en las
manos había derramado sobre la mesa tal río de lágrimas, que trocaron en
lluvia la serenidad del cielo. Y no tardó en seguir a la oración la
inundación del agua, sino que de tal manera fueron simultáneas la oración
y la copiosa lluvia, que cuando fue a levantar la cabeza de la mesa se oyó
el estallido del trueno y lo mismo fue levantarla que caer al momento la
lluvia. Entonces, viendo el hombre de Dios, que en medio de tantos
relámpagos y truenos y de aquella lluvia torrencial no le era posible
regresar al monasterio, entristecido, empezó a quejarse diciendo: "¡Que
Dios todopoderoso te perdone, hermana! ¿Qué es lo que has hecho?". A lo
que ella respondió: " Te lo supliqué y no quisiste escucharme; rogué a mi
Señor y él me ha oído. Ahora, sal si puedes. Déjame y regresa al
monasterio". Pero no pudiendo salir fuera de la estancia, hubo de quedarse
a la fuerza, ya que no había querido permanecer con ella de buena gana. Y
así fue cómo pasaron toda la noche en vela, saciándose mutuamente con
coloquios sobre la vida espiritual.
Por eso te dije, que quiso algo que no pudo alcanzar.
Porque si bien nos fijamos en el pensamiento del venerable varón, no hay
duda que deseaba se mantuviera el cielo despejado como cuando había bajado
del monasterio, pero contra lo que deseaba se hizo el milagro, por el
poder de Dios todopoderoso y gracias al corazón de aquella santa mujer. Y
no es de maravillar que, en esta ocasión, aquella mujer que deseaba ver a
su hermano pudiese más que él, porque según la sentencia de san Juan: Dios
es amor (1Jn 4,16), y con razón pudo más la que amó más (Lc 7,47) 53.
PEDRO.- Ciertamente, me gusta mucho lo
que dices.[Arriba]
CAPÍTULO XXXIV
CÓMO VIO SALIR EL ALMA DEL CUERPO DE SU HERMANA
GREGORIO.- Al día siguiente, la
venerable mujer volvió a su morada y el hombre de Dios regresó también al
monasterio. Tres días después, estando en su celda con los ojos levantados
al cielo, vio el alma de su hermana, que saliendo de su cuerpo en forma de
paloma penetraba en lo más alto del cielo. Gozándose con ella de tan gran
gloria, dio gracias a Dios todopoderoso con himnos de alabanza y anunció
su muerte a los monjes, a quienes envió en seguida para que trajeran su
cuerpo al monasterio y lo depositaran en el sepulcro que había preparado
para sí. De esta manera, ni la tumba pudo separar los cuerpos de aquellos
cuyas almas habían estado siempre unidas en el Señor. [Arriba]
CAPÍTULO XXXV
DEL MUNDO ENTERO REUNIDO ANTE SUS OJOS Y DEL ALMA DE GERMÁN, OBISPO DE
CAPUA
En otra ocasión, Servando, diácono y abad del monasterio
que Liberio, antiguo patricio, había fundado en la región de Campania, fue
a visitar a Benito, según su costumbre. Efectivamente, frecuentaba su
monasterio; y como él estaba también lleno de buena doctrina y de gracia
celestial, se intercambiaban dulces palabras de vida, y suspirando
pregustaban ya el suave alimento de la patria celestial.
Habiendo llegado la hora de entregarse al descanso, el
venerable Benito subió a su celda situada en la parte superior de una
torre y el diácono Servando se quedó en la parte inferior. Una escalera
comunicaba un piso con otro. Frente a la misma torre había una habitación
amplia donde descansaban los discípulos de ambos.
El hombre de Dios, Benito, mientras los monjes dormían aún,
se anticipó a la hora de las vigilias nocturnas y se quedó de pie junto a
la ventana orando a Dios todopoderoso. De pronto en aquella intempestiva
hora nocturna vio difundirse una luz desde lo alto, que ahuyentó las
tinieblas de la noche. Aquella luz, en medio de la oscuridad brillaba con
tanto resplandor, que su claridad superaba con creces a la luz del día.
En esta visión se siguió algo en extremo maravilloso, ya
que según él mismo contó luego, apareció ante sus ojos el mundo entero,
como recogido en un rayo de sol. Y mientras el venerable abad fijaba sus
pupilas en el resplandor de aquella luz tan brillante, vio cómo el alma de
Germán, obispo de Capua, era llevada al cielo por los ángeles en una bola
de fuego.
Entonces, queriendo tener un testigo de tamaña maravilla,
llamó al diácono Servando repitiendo dos o tres veces su nombre a grandes
voces.
Asustado por aquel grito, insólito en el hombre de Dios,
subió y miró, pero no vio más que una pequeña centella de aquella luz. Y
como Servando quedara atónito ante este prodigio tan grande, el hombre de
Dios le contó detalladamente todo lo que había sucedido. En seguida dio
aviso al piadoso varón Teoprobo, de la villa de Casino, para que aquella
misma noche enviara un mensajero a la ciudad de Capua, con el fin de
informarse de cómo estaba el obispo Germán y se lo notificara. El
mensajero encontró ya difunto al venerabilísimo obispo Germán, e
informándose minuciosamente supo que su óbito había acaecido en el mismo
instante en que el hombre de Dios había visto subir su alma al cielo.
PEDRO.- ¡Cosa
sobremanera admirable y de todo punto inaudita! Pero eso que has dicho: de
que ante sus ojos apareció el mundo entero como recogido en un rayo de
sol, no puedo imaginármelo, porque jamás he tenido semejante experiencia.
Pues, ¿cómo es posible que el mundo entero pueda ser visto por un hombre?
GREGORIO.- Fíjate bien,
Pedro, en lo que voy a decirte. Para el alma que ve al Creador, pequeña es
toda criatura. Puesto que por poca que sea la luz que reciba del Creador,
le parece exiguo todo lo creado. Porque la claridad de la contemplación
interior amplifica la visión íntima del alma y tanto se dilata en Dios,
que se hace superior al mundo; incluso el alma del vidente se levanta
sobre sí, pues en la luz de Dios se eleva y se agranda interiormente. Y
cuando así elevada mira lo que queda debajo de ella, entiende cuán pequeño
es lo que antes estando en sí, no podía comprender. El hombre de Dios,
pues, contemplando el globo de fuego vio también a los ángeles que subían
al cielo, cosa que ciertamente no pudo ver sino en la luz de Dios. ¿Qué
hay de extraño, pues, que viera el mundo reunido en su presencia, el que
elevado por la luz del espíritu salió fuera del mundo? Y al decir que el
mundo quedó recogido ante sus ojos, no quiero decir que el cielo y la
tierra redujeran su tamaño, sino que, dilatado y arrebatado en Dios el
espíritu del vidente, pudo ver sin dificultad todo lo que estaba por
debajo de Dios. Pues a esta luz que brillaba ante sus ojos, correspondía
una luz interior en su alma, que arrebatando el espíritu del vidente en
las cosas celestiales, le mostró cuán pequeñas son todas las cosas
terrenas.
PEDRO.- Veo que me ha sido de gran
utilidad el no haber entendido lo que dijiste antes, pues gracias a mi
lentitud en comprender, tu explicación ha sido mucho más completa. Pero
ahora que ya me has explicado estas cosas con tanta claridad, te ruego que
vuelvas a tomar el hilo de la narración. [Arriba]
CAPITULO XXXVI
QUE ESCRIBIÓ UNA REGLA MONÁSTICA
GREGORIO.- Con gusto, Pedro,
seguiría contándote cosas de este venerable abad, pero algunas las omitiré
adrede, porque tengo prisa en contar los hechos de otros personajes. Con
todo, no quiero que ignores que el hombre de Dios, no sólo resplandeció en
el mundo por sus muchos milagros, sino que también brilló, y de una manera
bastante luminosa, por su doctrina, pues escribió una Regla para monjes,
notable por su discreción y clara en su lenguaje. El que quiera conocer
con más detalle su vida y costumbres, podrá encontrar en las ordenaciones
de esta Regla todo lo que enseñó con el ejemplo, pues el santo varón de
ningún modo pudo enseñar otra cosa sino lo que había vivido. [Arriba]
CAPÍTULO XXXVII
LA PROFECÍA QUE DE SU MUERTE HIZO A LOS MONJES
En el mismo año que había de salir de esta vida, anunció el
día de su santísima muerte a algunos de los monjes que vivían con él y a
otros que estaban lejos; a los que estaban presentes les recomendó que
guardaran silencio de lo que habían oído y a los ausentes les indicó la
señal que les daría cuando su alma saliera del cuerpo.
Seis días antes de su muerte mandó abrir su sepultura.
Pronto fue atacado por la fiebre y comenzó a fatigarse a causa de su
violento ardor. Como la enfermedad se agravaba cada día más, al sexto día
se hizo llevar por sus discípulos al oratorio, donde confortado para la
salida de este mundo con la recepción del cuerpo y la sangre del Señor y
apoyando sus débiles miembros en las manos de sus discípulos, permaneció
de pie con las manos levantadas al cielo y exhaló el último suspiro, entre
palabras de oración.
En el mismo día, dos de sus monjes, uno que vivía en el
mismo monasterio y otro que estaba lejos de él tuvieron una misma e
idéntica visión. Vieron en efecto un camino adornado de tapices y
resplandeciente de innumerables lámparas, que en dirección a Oriente iba
desde su monasterio al cielo. En la parte superior del camino, un hombre
de aspecto venerable y lleno de luz les preguntó si sabían qué camino era
el que estaban viendo. Al contestarle ellos que lo ignoraban, les dijo:
"Éste es el camino por al cual el amado del Señor, Benito, ha subido al
cielo". Así, pues, los presentes vieron la muerte del santo varón y los
ausentes la conocieron por la señal que les había dado.
Fue sepultado en el oratorio de San Juan Bautista, que él mismo había
edificado sobre el destruido altar de Apolo. Y tanto aquí como en la cueva
de Subiaco, donde antes había habitado, brilla hasta el día de hoy por sus
milagros, cuando lo merece la fe de quienes los piden. [Arriba]
CAPÍTULO XXXVIII
DE UNA MUJER LOCA, CURADA EN SU CUEVA
No ha mucho ocurrió el hecho que voy a narrar. Una mujer
loca, mientras tuvo enajenado el juicio, vagaba día y noche por montes y
valles, bosques y campos, sin descansar en parte alguna, sino donde le
obligaba la fatiga.
Un día, después de haber andado errante durante mucho
tiempo, llegó a la cueva del bienaventurado Benito y quedóse allí dormida,
ignorando empero dónde había entrado. Al día siguiente, salió tan sana de
juicio como si nunca hubiera sufrido desvarío alguno, y durante el resto
de su vida conservó la salud que había recobrado.
PEDRO.- ¿Por qué vemos
con frecuencia que sucede lo mismo con los santos mártires, que no hacen
tantos milagros donde están sus cuerpos sepultados o hay reliquias suyas,
y en cambio obran prodigios mayores donde no están sepultados?
GREGORIO.- No dudo,
Pedro, que los santos mártires pueden obrar muchos prodigios allí donde
yacen sus cuerpos, como de hecho así sucede, y allí hacen innumerables
milagros a los que los solicitan con recta intención. Pero, porque las
almas enfermizas pueden dudar de que los mártires estén presentes para
escucharles donde saben que no están sus cuerpos, por eso es necesario que
obren mayores milagros donde un alma débil puede dudar de su presencia.
Pero la fe de aquellos que tienen el alma unida a Dios tiene tanto más
mérito, cuanto que saben que aunque no estén allí sus cuerpos, no por eso
dejarán de ser escuchados.
Por eso, la misma Verdad, para acrecentar la fe de sus
discípulos, les dijo: Si yo no me voy, no vendrá a vosotros el Espíritu
Paráclito (Jn 16,7). Pero siendo así que el Espíritu Paráclito procede
continuamente del Padre y del Hijo, ¿por qué dice el Hijo que debe
retirarse para que venga el que no se aleja jamás de él? Pues porque los
discípulos, viendo al Señor en la carne, tenían deseos de verle siempre
con los ojos corporales. Por eso les dijo con razón: Si yo no me voy, no
vendrá a vosotros el Espíritu Paráclito. Como si dijera abiertamente: "Si
no sustraigo mi cuerpo a vuestras miradas, no puedo mostraros lo que es el
amor del Espíritu; y si no dejáis de verme corporalmente, jamás
aprenderéis a amarme espiritualmente".
PEDRO.- Me gusta tu
explicación.
GREGORIO.- Debemos
hacer ahora una pequeña pausa en nuestra conversación, pues si hemos de
seguir narrando los milagros de otros santos, preciso será que, entre
tanto, con el silencio reparemos nuestras fuerzas.[
Arriba ]